El Gabo y el Rey Karl Gustav de Suecia la noche del Nobel

Crónicas de la diáspora IV

por Carlos Medina Viglielm

En los años 60 del siglo pasado todo el segundo año (octavo año escolar), en los liceos de Uruguay la materia Geografía, estaba dedicada a Europa.

En Suecia, y muy posiblemente en otros países de Europa, la información que se daba a los alumnos de secundaria sobre Latinoamérica, se resumía en unas pocas páginas.

Es así que muchos de los que llegamos como refugiados en los años 70, nos vimos sorprendidos ante la evidencia de que para gran parte del pueblo, en este caso el pueblo sueco, éramos poco más que indígenas analfabetos.

Cuando en 1982, gracias a la encomiable labor de difusión de la realidad latinoamericana y en particular de su literatura, por parte del escritor Artur Lundkvist, Gabriel García Márquez, “El Gabo”, recibió el Nobel de Literatura, los latinoamericanos estuvimos de parabienes.

¡Vaya! Latinoamérica no era solo una selva arrasada por las dictaduras, sino que producía sus grandes escritores. Claro, hay que recordar que antes, Gabriela Mistral (1945) y Pablo Neruda (1971) habían recibido sus Nóbeles y éste último seguramente impulsado también por quien fuera su entrañable amigo, Artur Lundkvist.

Lundkvist, de quien hablaremos en particular en una próxima oportunidad, leyó “Cien años de soledad” en 1972, quedando maravillado por la pluma del Gabo. 10 años después, Lundkvist, que había sido nombrado miembro de la Real Academia sueca en 1967, lograba influir lo suficiente como para que, para alegría de los miles de latinoamericanos que lidiaban en Suecia con la añoranza, el frío (más que nada de la gente), el idioma y las marcadas diferencias culturales, García Márquez recibiera el premio.

Henchidos de orgullo, los latinoamericanos que integraban diversas agrupaciones culturales y de solidaridad con las luchas que se desarrollaban en sus países de origen, organizaron una gran fiesta para homenajear al colombiano.

La ruptura de la fría sobriedad del protocolo sueco fue dada primero por el escritor, que se apareció la noche del Nobel en el Ayuntamiento, de pantalón y chaqueta blancos en medio de los acartonados pingüinos y representantes de la Corte , con el Rey Karl Gustav a la cabeza. Los latinos eufóricos.

En su viaje a Suecia, García Márquez había pasado por Cuba, a saludar a su amigo Fidel. Ya se sabía que los latinoamericanos le homenajearíamos con una fiesta. Entonces cuentan que Fidel le dijo: “Si vas a tener una fiesta, nosotros ponemos el ron”.

La fiesta se llevó a cabo en una gran sala para espectáculos culturales del centro de Estocolmo con una capacidad para más de mil personas. Quien suscribe, tiene el sano orgullo de contar que participó de dos maneras: como músico acompañante (bajista), del cantautor uruguayo Anibal Sampayo y en el equipo de técnicos encargados del sonido de la fiesta.

Fue una noche maravillosa en la cual se dejaron de lado las angustias del exilio, para disfrutar de las numerosas y diversas muestras de la cultura latinoamericana. En algún momento se corrió el rumor de que para el final habría Ron cubano.

Lo máximo, lo más bello de la noche fue, sin dudas, la participación del numeroso conjunto de música y danza que acompañaba al Gabo.

Se apagaron las luces del escenario y al son del ballenato entraron los bailarines portando velas encendidas, que le daban a las siluetas, a los coloridos vestidos, un realce fantasmagórico: el color y el calor de Macondo, desplazaron como por encanto al silencioso y gris invierno sueco.

Cuando llegó el momento de retirarse, sentimos pena. Saldríamos de allí para caminar por las aceras nevadas de Estocolmo. Alguien me dijo: “Carlos, no vayas a olvidarte del Ron”. “No, no”, contesté, mientras pensaba que la bebida estaría destinada a aquellos que habíamos participado en la organización de la fiesta. Pero no. Cuando salí al hall de entrada, me encontré con aquella increible pirámide de cajas blancas con botellas de Ron Habana Club: Mil quinientas botellas que Fidel había mandado por “valija diplomática”. ¡Menuda valija! ¡Y menudo lío diplomático!

La prensa sueca dio cuenta de ello. La Cancillería llamó al embajador cubano por explicaciones.Es que la licorería en Suecia es monopolio exclusivo del Estado.

Al otro día de la fiesta, fui a visitar a un amigo, funcionario del Instituto Sueco de Estocolmo. “Hola Bengt” -le dije.- “No fuiste anoche, te perdiste el Ron cubano…”

“Entonces ¿es cierto lo que dice la prensa?” -me dijo.

– Claro que es cierto – le contesté.

– Sabes -me dijo-. El próximo Premio Nobel de Literatura tendría que ser cubano.

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