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Por Carlos Medina Viglielm

Cuando se difundió la noticia de que Mauricio Macri había ordenado el retiro de las imágenes del Che y de Juan Domingo Perón de la Casa Rosada, el Palacio de Gobierno en Buenos Aires, se entendió que era lógico y esperable.

Juan Domingo Perón, al margen de su polémica personalidad (por decir poco), muy posiblemente se considere como la figura máxima del partido Justicialista, a quien pertenece la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner y el Che, fue alguien que, por supuesto, más que molestar a Macri, debe ser como una astilla en su ojo derecho, que le molesta cada día por que el Che era argentino de nacimiento y porque representa la antítesis de su ideología: el Che dio su vida por los olvidados de la tierra y Macri se juega todo por enriquecerse, por servir a los ricos, a los estafadores, a los más grandes explotadores del pueblo trabajador, por servir a los peores enemigos de la humanidad: los EUA y el régimen sionista de Israel.

Pero parece que Macri siente rabia por demás (por saberse odiado por el pueblo llano, lo sepa éste o no), y le cuesta disimularlo; se siente odiado, por aquellos que un día se jugaron la vida en Argentina por los derechos de los más y por sus herederos, que siguieron y siguen la luz que generaban el corazón y el brazo libertario del Che, que si hoy viviera le escupiría en la cara por tanta bajeza, por tanta infamia. Siente odio y lo domina la soberbia.

Entonces demuestra Macri todo su odio enalteciendo el crimen, rescatando, de la peor historia del continente, nada más y nada menos que a uno de los peores criminales de la historia argentina, Jorge Videla: su imagen, colgada en el Palacio de Gobierno, la de uno de los criminales de la Operación Cóndor,  deshonra la Casa Rosada.

Paro Macri no ofende solamente a las gloriosas Madres de Plaza de Mayo, no ofende solamente la memoria de los que lucharon y dieron su vida por la justicia en Argentina, sino que ofende a todos los luchadores de la historia del continente.

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