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Caras y Caretas – Montevideo – Acaba de culminar la Asamblea General de la OEA en Santo Domingo y cualquier tipo con dos dedos de frente se da cuenta de que el secretario general, Luis Almagro, está liquidado. Si tiene sentido de la legitimidad o, cuanto menos, un dejo de amor propio, su mandato no llega a julio.

En caso de producirse su renuncia o destitución, se transformará en el segundo mandato más corto de la historia, sólo superado por el expresidente de Costa Rica Miguel Ángel Rodríguez, que duró treinta días al frente de la OEA, porque mientras estaba acomodando sus petates en la suntuosa oficina de la secretaría general en Washington, fue procesado en su país por múltiples delitos de corrupción que lo obligaron a dejar el cargo y volver para evitar ir preso (cosa que en ese momento no logró).

Durante los tres días que duró la cuadragésimo sexta asamblea general de la OEA realizada en la capital de República Dominicana, el caso Venezuela dominó la agenda, pero no en el sentido anhelado por nuestro excanciller, que aspiraba a que la organización ofreciera algún tipo de respaldo, aunque sea tibio, a su intención de aplicarle la Carta Democrática a la República Bolivariana, que habría naufragado en el Consejo Permanente. El caso estuvo, pero estuvo al revés.

En lo que podríamos llamar el efecto boomerang de la estupidez, don Luis Almagro, quien un día intentó proyectarse como el paladín de la democracia continental desde un cargo alcanzado por virtud de la intersección de la prédica de otro y el beneficio de ser un desconocido, terminó siendo ubicado en el banquillo de los imputados, y ahora habrá una sesión del Consejo Permanente de la OEA el próximo 21 de junio para juzgar su conducta injerencista contra Venezuela.

La moción de juzgar a Almagro fue propuesta por Venezuela y acompañada por 19 países, contra 12 que votaron en contra de avanzar en ese camino. Entre los que se negaron a analizar las actuaciones del secretario general están Estados Unidos, Canadá, México, Perú, Colombia, Honduras, Guatemala, Paraguay y un solidario Uruguay que decidió sumarse a este verdadero club de lo peor para no desairar más a nuestro exministro. Ningún país del ALBA y prácticamente ninguno del Caribe insular votó contra Venezuela, y los países caribeños, que son un montón, vuelcan cualquier votación si actúan en conjunto. Así fue. Y era lo previsible.

Lo que resultó algo inesperado es que Brasil y Argentina se sumaran a la propuesta venezolana. Que el gobierno de Macri y el gobierno interino de Temer actúen en tándem no es sorprendente, pero que hayan apoyado la propuesta de la canciller de Maduro, Delcy Rodríguez, merece ser analizado con detenimiento, porque ahí no hay ni un ápice de generosidad o acompañamiento ideológico. Es el fruto de una cuidadosa negociación encabezada por la talentosa canciller venezolana, que se anotó en esta cumbre tres resonantes victorias: la primera, logró que la OEA resuelva enjuiciar a Almagro; la segunda, logró que el jefe del Departamento de Estado de Estados Unidos, John Kerry, diera un giro de 180 grados en relación con la que era la posición inicial de EEUU y la que había prometido personalmente a Luis Almagro.

Ahora EEUU se avino a negociar, a mandar a Caracas un emisario de alto nivel del gobierno de Obama y promueve la consigna de que es mejor dialogar que aislar. La tercera victoria es sepultar la sesión del 23 de junio del Consejo Permanente, prevista originalmente por Luis Almagro para tratar su invocatoria de la Carta Democrática en el caso venezolano. Si esa sesión se realiza, cosa que está por verse, tendrá que ser para el copetín, para el brindis de despedida del derrotado.

El próximo martes, en Washington, el Consejo Permanente de la OEA se va a reunir y va a recibir un detallado informe del equipo de mediadores de Unasur, integrado por los exmandatarios de República Dominicana y de Panamá, Leonel Fernández y Martín Torrijos respectivamente, más el perfecto outsider José Luis Rodríguez Zapatero, exnúmero uno de España. Luego de ese informe, que será contundente y con seguridad muy respaldado, comenzará el análisis de la actuación de Almagro, que será terrible.

Es probable que Almagro no concurra, como ya hizo en la última reunión del Consejo Permanente, en la que, tras la derrota clamorosa de su propuesta, le negaron la palabra a su enviado personal, el jefe de gabinete del secretario general de la OEA, el inexplicable funcionario Gonzalo Koncke, que fuera representante ante la ONU de Uruguay y resultó destituido porque se olvidó de ir a escuchar al presidente Tabaré Vázquez cuando dio su discurso en la Asamblea General.

Dentro de toda la catástrofe, para Almagro la posición de Brasil y Argentina y el cambio de estrategia de Estados Unidos representan lo más dramático. El secretario general difundió por Twitter una declaración de 15 cancilleres, dando origen a una especie de nuevo organismo extraoficial de la OEA que podría llamarse “el grupo de los 15 que firmaron una declaración sin gusto a nada, pero que por lo menos menciona lateralmente a la Carta Democrática”, pero que en ningún momento siquiera amenaza con aplicarla, y además, a continuación de mencionarla, se preocupa de subrayar el compromiso de los países firmantes “con el principio de no injerencia”, como para que quede claro que no van a mover un dedo en sentido “almagrista”, y de paso para que el propio Luis Almagro tome conciencia de su aislamiento.

En ese pronunciamiento están todos los que votaron en contra de la propuesta venezolana más Argentina y Brasil. Más que una hoja de ruta o un acuerdo crucial de las cancillerías sobre la política de la OEA para Venezuela, es el texto que acompaña la extremaunción del susodicho secretario. El número es significativo. De los 34 miembros de la OEA, apenas 15 firmaron un frágil comunicado que no dice nada. Imaginen la posición de los otros 19 países que no estuvieron ni para esa rúbrica.

La suerte del exministro está echada. El martes 21 le va a ir muy mal. Aunque consiguiera el voto de Argentina y Brasil, de todos modos serán mayoría los países que manifiesten reparos en su manejo del caso Venezuela. Y reparos es una forma polite de decir que el tiempo de Almagro a la cabeza de la OEA se terminó. Por su actuación abiertamente injerencista perdió el respaldo de la mayoría de los Estados miembros de una organización a la que había llegado como esperanza de cambio. Nos defraudó a todos. Nos traicionó.

Esta semana la Asamblea de la OEA comenzó con un encendido discurso del presidente anfitrión, Darío Medina, exigiéndole a la organización que pida perdón por haber apoyado la invasión estadounidense a ese país en 1965, cuando el pueblo pedía la restitución de Juan Emilio Bosch, presidente legítimo dominicano al que la derecha depuso en un golpe de Estado con la anuencia de Estados Unidos. Así empezó esta cumbre. Con el mandatario local recordando el papel nefasto de la OEA a lo largo de la historia, reclamando el mea culpa, parado sobre el principio de autodeterminación de los pueblos. Era obvio que Almagro, el topo que se nos coló en la izquierda uruguaya y que le enchufamos a una América Latina desprevenida, no iba a salir ileso de esta reunión. Pero nada hacía prever que la Asamblea General lo pasara a un tribunal de alzada. Algo así no tiene precedentes.

Por suerte, en marzo del año pasado, para asumir al cargo para el que acababa de ser electo en la OEA, Almagro renunció al Senado, donde había llegado como miembro titular por la lista del MPP. De no ser así, en julio lo tendríamos por acá ocupando su banca.

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