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por Maria Luisa Mendonça

Co-directora de Rede Social de Justiça e Direitos Humanos en Brasil. Tiene un doctorado en Filosofía y en Ciencias Sociales por la Universidad de Sao Paulo (USP) y es profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad de Rio de Janeiro (UERJ)

“Cuando un juicio injusto se lleva a cabo en base a intereses que son innombrables, pero que todo el mundo ya más o menos conoce, se crea una especie de velo de cinismo, el que oscurece los procesos sociales y políticos legítimos”. Esta observación de la escritora brasileña Maria Rita Kehl resume el contexto en el que la destitución de la presidenta Dilma Rousseff se está desarrollando. También se puede comparar con la novela de José Saramago, Ensayo sobre la ceguera, y su metáfora para describir el sufrimiento de aquellos que son capaces de ver cuando una sociedad se sumerge en un proceso de autodestrucción.

Desde el inicio del proceso de destitución, estaba claro que el principal cargo interpuesto contra la presidenta Dilma Rousseff, basado en un mecanismo de contabilidad denominado “pedaleo fiscal” (“pedaladas Fiscais” en portugués), tenía el objetivo, casi manifiesto, de reducir las investigaciones de corrupción en contra de miembros del Congreso y la implementación de una agenda conservadora que reiteradamente ha sido rechazada por la mayoría de la sociedad brasileña en las elecciones presidenciales desde 2002.

Estas son claves para entender por qué Brasil está experimentando un golpe parlamentario en contra de la recientemente reelecta presidenta.

Actualmente, la principal estrategia de los sectores políticos que apoyan el impeachment a Rousseff es crear la impresión de que es un acuerdo de facto, sin importar lo que diga la Constitución. Este teatro político ha tenido tantas escenas absurdas y patéticas que podría ser descrito como surrealista. Comenzó con la votación en la Cámara Baja, donde la mayoría de los representantes están bajo investigación por corrupción. Muchos de ellos citaron a Dios y a sus familias al votar la destitución, al tiempo que no mencionaron los cargos reales contra la presidenta electa de Brasil. Una situación similar se llevó a cabo en el Senado, donde la estrategia principal durante la votación fue evitar discutir la razón de la acusación a la presidenta Rousseff, el llamado “pedaleo fiscal”.

Básicamente, este “pedaleo fiscal” se refiere a una especie de mecanismo financiero utilizado no sólo en Brasil, sino en la emisión de deuda pública en varios países. Con respecto a las imputaciones específicas contra la presidenta Rousseff, el fiscal federal determinó que el déficit sirve para subsidiar las tasas de interés en préstamos gubernamentales, y que era uno de los mecanismos utilizados para evitar la recesión económica. Esta política puede ser debatida y criticada desde una perspectiva económica, pero no hay ninguna base legal que justifique el juicio político. Un elemento que ha estado ausente de esta discusión es la interpretación de legislación relativa a la “responsabilidad fiscal”, que se utiliza a menudo en contra de las políticas “socialmente responsables” que garantizan a los ciudadanos los derechos básicos a los servicios sociales.

Recientes análisis del caso hechos por el fiscal federal, Ivan Claudio Marx, concluyeron que este mecanismo no puede ser considerado un delito, limpiando así del cargo a la presidenta Rousseff. Sin embargo, esta importante decisión fue minimizada por los medios de comunicación de Brasil y por los políticos pro-juicio político. A medida que salen a la luz nuevas pruebas, se hace más claro que el veredicto contra la presidenta Rousseff se ha decidido incluso antes del comienzo del teatro político llamado “juicio político”.

Este tipo de manipulación no sería posible sin el apoyo de los principales medios de comunicación de Brasil, que en su mayoría han abandonado incluso la pretensión de objetividad. La buena noticia es que hay un número cada vez mayor de los medios de comunicación alternativos, fuentes independientes que presentan información certera desde diversas perspectivas.

Mientras tanto, los brasileños continúan viendo las patéticas escenas realizadas por el gobierno interino de Michel Temer, tales como la renuncia de tres ministros acusados de corrupción y la publicación de grabaciones de audio que revelaron su plan para remover a la presidenta Rousseff de su cargo. El mayor acto tragicómico contó con la presencia del actor principal en apoyar el proceso de impeachment, el expresidente de la Cámara Baja, Eduardo Cunha, que continuó controlando a sus marionetas detrás del telón antes de ser forzado a renunciar en medio de un escándalo. Todo esto ha sucedido bajo el silencioso “velo del cinismo” que envuelve el Tribunal Supremo, que poseía evidencias sobre la corrupción de Eduardo Cunha, meses antes del inicio del proceso de la destitución, pero sólo ordenó que se le retira temporalmente como vocero después de que la Cámara Baja votara el impeachment de la presidenta Rousseff.

Volviendo a las observaciones de Maria Rita Kehl, se trata de una especie “velo de cinismo” oscureciendo “procesos sociales y políticos legítimos”. En otras palabras, una serie de eventos que podrían llevar al poder a la extrema derecha, a fuerzas evangélicas y conservadoras en Brasil, y a justificar violaciones de los derechos básicos en relación con la educación, la salud y la legislación laboral, con efectos sociales y económicos devastadores. Pisotear los principios democráticos fundamentales tendría consecuencias a largo plazo, en un país que todavía sufre de la profunda herencia de la dictadura militar que comenzó en 1964 y se prolongó durante más de veinte años.

Tomado de Público – Madrid

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