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Imagen tomada de archivo

RHC – La capacidad de organización del gobierno de Nicolás Maduro ha sido el factor clave para resistir la brutal guerra económica, mediática, financiera y sicológica que los hijos del Imperio han desatado contra la hermana nación.

En tal demeritorio empeño han utilizado desde la violencia callejera y el sabotaje directo a centros de producción, hasta el soborno en todos los niveles, la penetración por la inteligencia estadounidense de sectores de las fuerzas del orden, sobre todo la policía, y la “mano de obra” de “gusanos” venezolanos y cubanos asentados allí.

Por supuesto, esto último nada tiene que ver con el masivo apoyo solidario de Cuba al proceso revolucionario y, en este contexto, algunos de sus integrantes encomiaron los primeros resultados de algunas de las medidas del gobierno de Caracas para enfrentar la subversión, como la efectividad de los denominados bolipuertos, donde se organiza la descarga y posterior distribución de mercancías para contrarrestar el plan de desabastecimiento insuflado por el Imperio y ejecutado por la oligarquía local.

A ello se une una Asamblea Nacional mayoritariamente opositora, que no presenta plan concreto de construir, sino meramente de destruir, con el fin de lograr por cualquier medio un referendo revocatorio del Ejecutivo, así como una amnistía para los culpables de la violencia en las denominadas guarimbas, que en febrero del 2014 causaron 43 muertos, centenares de heridos y cuantiosa destrucción.

Para colmo el promotor del denominado golpe blando contra Venezuela, Estados Unidos, ha manejado a Naciones Unidas de tal manera que esta ha considerado una violación de los derechos humanos la autorización del Gobierno Bolivariano a las Fuerzas Armadas para que controlen en casos extremos a las manifestaciones públicas.

Nada extraño cuando en Venezuela se trata de crear una sociedad diferente, como intentó hacerlo Salvador Allende en Chile.

No hay dudas respecto a esto, cuando se conoce que en el penúltimo capítulo de la Estrategia de la Seguridad Nacional, de Estados Unidos, se recalca que “nosotros (el gobierno norteamericano) estamos con los ciudadanos donde la democracia está en riesgo, como en Venezuela”.

Es decir, Washington está con los seguidores de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y los líderes golpistas Leopoldo López, Henrique Capriles y Antonio Ledesma, entre otros, todos enfrascados, no importa donde estén, en la preparación de un golpe de Estado de cualquier índole.

Se sienten respaldados por Washington en la prosecución de la campaña para acabar con “un régimen autoritario que reprime y hambrea a su pueblo y no le permite el derecho de ejercer su derecho de libertad de opinión”.

Tamaña incongruencia cuando los medios al servicio del imperialismo orquestan una campaña que invade la vida del venezolano común, llevándolo por los caminos de la apatía humanitaria, el consumismo desenfrenado, la valorización de la belleza física y el poder adquisitivo como valores anhelados por una sociedad que poco entiende y poco le interesa entender.

Es decir, lo sustraen de la lucha por la verdadera libertad, mientras hablan diariamente del fracaso del modelo chavista, e impulsan una copia de lo sucedido en 1973 en Chile, incluso con el pago a choferes del transporte para que no saquen sus vehículos y provocar escasez.

Pese a ello, el Estado ya cuenta con medios alternativos, más modestos, para tratar de hacer llegar su mensaje; sube el salario mínimo a fin de beneficiar a los más necesitados; no abandona los programas sociales, a pesar de la caída de los precios del petróleo, y llama constantemente al diálogo, tanto a la oposición como al propio gobierno norteamericano.

Lamentablemente, Estados Unidos interpreta el llamado al diálogo como una sumisión a sus exigencias, porque no se ha dedicado a conquistar el mundo por la superioridad de sus ideas, sino por la violencia organizada.

En este sentido, vale la pena preguntarnos, ¿cuál es el modelo económico que tanto pregonan?

Aquel que continúa planteando como principio fundamental la extendida (y absoluta) transferencia de la riqueza petrolera hacia los países del capitalismo desarrollado, a cambio de privilegios, largos procesos de especulación comercial y corretajes malsanos en el sector financiero como modelo de acumulación rentista.

No produce ingresos para el país, porque su papel ante la historia (decidido por ellos) los dotó de reforzadas incapacidades hacia la generación de procesos tecnológicos, productivos y económicos alejados del capital norteamericano y europeo.

Esto, simplemente, no se puede permitir, por lo cual resistiendo organizadamente se podrá vencer tamaña amenaza a una revolución por la cual Hugo Chávez ofrendó su vida y que sigue constituyendo una esperanza de los más necesitados del continente.

Por Arnaldo Musa/CubaSí

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