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En un artículo de Ralph Nader, un activista y abogado estadounidense que se opone al poder de las grandes corporaciones y ha trabajado durante décadas a favor del medio ambiente, aparecido en el Magazine CounterPunch, se publican informaciones sobre esta penosa realidad.

En su escrito cita una información del New York Times sobre la enfermedad fibrosis quística, para cuyo tratamiento la Fundación Cystic Fibrosis  invirtió 150 millones de dólares en la compañía de biotecnología Vertex Pharmaceuticals, a fin de desarrollar un medicamento para este grave padecimiento pulmonar.

Un año después, la Fundación informó de un rendimiento de 3 300 millones de dólares como resultado de esa iniciativa.

Resulta que Kalydeco, el medicamento desarrollado, es tomado a diario por pacientes con esa dolencia (que tengan dinero, por supuesto), pues cuesta 300 000 dólares al año por cada persona enferma.

Otra de las noticias relacionadas con el tema dinero-salud, proviene del Tufts Center for the Study of Drug Development, financiado por la industria farmacéutica. Joseph DiMasi, de la citada entidad, afirma que el costo para desarrollar un nuevo medicamento es de cerca de 2 558 millones.

¿Qué hay detrás de estas astronómicas cantidades de dinero?, pues nada menos que la justificación de las grandes farmacéuticas para poner altísimos precios a sus medicamentos, y de esa forma obtener ganancias multimillonarias, no importa que a su uso solo puedan acceder los más adinerados de este mundo.

En el contexto de estas realidades, y luego de haber recogido en un libro decenas de testimonios de pacientes pobres venezolanos atendidos en Cuba y que carecían de dinero para pagar su atención en el país sudamericano, acudo a un ar-tículo de la doctora venezolana Ana Gineth Morales, del Estado Bolívar.

Relata la galena que “existen muchísimas enfermedades evitables y curables, que cobran millones de vidas cada año ante la mirada impasible de los que hoy se consideran salvadores del mundo”.

Y cita: “actualmente 8,6 millones de personas están infectadas con tuberculosis y cada año fallecen 1,3 millones por esta causa, de los cuales, 74 000 son niños. Existen 240 millones de infectados por el virus de la Hepatitis B y este mata anualmente a aproximadamente 780 000 personas en todo el mundo. La diarrea causa casi un millón y medio de fallecimientos al año en los países en desarrollo, es la quinta causa global de muerte y su origen es el hambre y la falta de agua potable. El sarampión es la enfermedad más contagiosa de la especie humana, es una importante causa de mortalidad infantil en los países subdesarrollados, provocando unas 900 000 defunciones al año”.

Luego prosigue: “Podría seguir mencionando muchas más enfermedades altamente contagiosas, diseminadas por todo el mundo, que cuentan con vacunas para evitarlas o tratamientos para curarlas, pero que siguen causando millones de muertes de seres humanos. Estos datos podrían ayudarnos a responder la pregunta sobre si el verdadero interés por obtener un tratamiento o vacuna contra el ébola es salvar vidas humanas”.

La doctora Ana Gineth, en su valiente artículo titulado Ébola: el negocio del miedo, cuestiona las acciones turbias existentes en torno a enfermedades, donde las transnacionales farmacéuticas trazan pautas comerciales, ponen precios y manipulan las investigaciones y posibles curas de tales males, según convenga a esas empresas.

Por otra parte, un reciente artículo aparecido en la BBC refiere que las compañías farmacéuticas han desarrollado una amplia gama de medicinas conocidas por toda la humanidad, pero han lucrado enormemente al hacerlo y no siempre bajo parámetros legítimos.

En otro fragmento del análisis se pone el ejemplo de medicamentos que cuestan hasta 100 000 dólares por tratamiento completo, aun cuando se sabe que su producción tuvo un costo mínimo.

El propio texto hace referencia a una carta elaborada por 100 destacados oncólogos de todo el mundo, donde pedían la disminución de los precios de las medicinas contra el cáncer.

Brian Druker, director del Instituto Knight y uno de los firmantes, pregunta: “Si ganas 3 000 millones al año con la droga para el cáncer, ¿no podrías ganar 2 000 millones?”.

El tema del elevado costo de los medicamentos en un mundo donde hay más de 800 millones de seres humanos viviendo en la pobreza o en la pobreza extrema, tiene que ver con algo que la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) ha calificado como un “conflicto intrínseco” entre las ambiciones de las grandes farmacéuticas y las necesidades médicas y sociales de la población.

Ahora, cuando el virus del Ébola causa incertidumbre por su alta letalidad, regresemos al artículo de la doctora Gineth Mo­rales: “En apenas meses de este brote, se han saltado todos los protocolos para probar nuevos medicamentos y vacunas”. El ZMapp, medicamento hasta entonces probado solo en primates, cuyo efecto la televisora CNN catalogó de ‘milagroso’, es un fármaco producido por Mapp­Bio­phar­maceutical, cuyo equipo científico trabaja con el ejército estadounidense en Fort Detrick, una instalación del Comando Médico del Ejército de los Estados Unidos y que ha sido el centro del programa de armas biológicas de ese país desde 1943.

Por otra parte, ya se autorizó el segundo ensayo clínico de una vacuna contra la enfermedad. Pero, ¡OJO! aunque aún no está lista, ya está patentada por la firma estadounidense NewLinkGeneticsCorp y por supuesto, esta farmacéutica tiene el permiso exclusivo para efectuar ensayos clínicos en primates y humanos y venderla en caso de ser aprobada por los reguladores.

Recordemos que cuando Estados Unidos ordenó el rociamiento masivo de los campos de Vietnam con el Agente Naranja, provocando la muerte directa de 400 000 personas y el nacimiento con enfermedades congénitas y defectos físicos de al menos 500 000 niños; este nocivo producto fue producido por la firma MOBAY, una entidad que nació de la sociedad entre el gigante farmacéutico Bayer y Monsanto.

Habrá dudas entonces de cuál es la cara oculta o no tan oculta que hay en el negocio en que se ha convertido el tratamiento a la salud humana. Pienso que no.

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