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por José Pommerenck

A la memoria de Carlos Muñiz Varela*.

María lloraba y yo no entendía por qué. Aquel día de enero de 1961 hacía frio en la capital de Cuba. La mujer que me había criado era la única que se quedaba en la casona de Marianao. Mi madre, que nunca supo mentir, nos decía que volveríamos pronto y María, infaltable, nos recibiría con aquellos “tostones” que solo ella sabía hacer.

– Y los moros y cristianos y la yuca con mojo – grité yo subiendo al Buick rojo de mi padre que por última vez me conduciría al aeropuerto.

Pese a mis inocentes doce años, algo me olió mal ayer en Camaguey. Yo vagaba por el central como de costumbre entre las calderas y el olor a guarapo, pero de tanto calor me fui hasta el despacho del viejo buscando un poco de fresco y un buen pedazo de “gaceñiga”. Antes de entrar escuché que hablaba por teléfono y decía: “si señor embajador aquí ya está todo resuelto con el Padre Julián. Gracias a su gobierno y a la iglesia hemos concretado este viaje. Heriberto aún no sabe nada pero mañana sin falta estaremos en La Habana para embarcarlo en el vuelo de la Pan American”. Recuerdo que corrí hasta el cañaveral y me senté en una piedra de la primera guardarraya a pensar sobre lo que recién había oído. No sabía si llorar o entrarle a piñazos al primero que pasara por allí, cuando mi padre apareció haciéndose el tonto y me dijo que al mediodía nos íbamos en avioneta a La Habana, que se trataba de algo urgente.

Cuando Ulises, fiel piloto de la familia, a los mandos del Cessna 172 preguntó por qué aterrizábamos en Columbia y no en Rancho Boyeros, mi padre confesó el siniestro plan:” hay que pasar por casa a recoger las dos maletas que preparó mi mujer para Heriberto. Esta tarde él viaja solo a Miami”. Hasta Ulises se puso nervioso con la respuesta, mientras el viajero, o sea yo, lloraba en silencio en el asiento trasero del cuadriplaza. Tengo un solo argumento de peso para anular este viaje pensé. Yo no viajo soltero a los Estados Unidos. Pero como le explico a mi padre que el mes pasado le prometí matrimonio a Aleidita la hija de la cocinera del ingenio? Esa trigueña…. Me caso o no viajo!! En el carro, de camino a casa, tuvimos una discusión interminable de hombre a hombre. Según mi padre ya tendría tiempo yo de casarme con alguien mucho mejor que Aleidita. “Así que usted viaja, si o si”, me dijo. Mi padre está sordo y angustiado, no entiende que no me quiero ir.

Mas tarde,en el aeropuerto, que mas bien parecía el mismo infierno, mi madre siguió con el cuento de que “pronto volverás”.

-Como que pronto volveré.¿ O sea que ustedes no van después a Miami, entonces se quedan a enfrentar a Castro y los comunistas? “Somos soldados de la libertad en esta tierra que volverá a ser como antes” dijo mi padre improvisando un discurso antes de yo subir al avión. Pero que soldado ni que carajo si mi padre lo único que sabía hacer era contar, en su escritorio, el dinero que le daban los campos de caña de azúcar que había heredado de mi abuelo. Y de armas ni hablar. Creo que solo empuñó una vez aquel machete que le regaló el negro Leopoldo. Era buena gente aquel negro empleado del ingenio, siempre leal al viejo, hasta en política coincidían, eran amigos. Su desaparición en el 58 dejó a toda la familia triste. Dijeron que había vuelto a Santiago porque su hermano, teniente del ejército de Batista, le había ofrecido subir a la Sierra a “cazar” a Fidel. Parece que pagaban muy bien. Pero en abril del 61 la congoja familiar se transformó en odio cuando vieron una foto del “niche” en el periódico Revolución donde aparecía como artillero de una “cuatrobocas” en Playa Girón junto a un pié de foto que rezaba: Leopoldo Bastidas miliciano héroe de Cuba, con su batería antiaérea derribó dos B26 de la aviación mercenaria. Esa misma tarde mi padre tiró el machete en la fragua tratando de olvidar aquella imperdonable traición.

En enero de 1961, a pedido del Padre Julián, se reunieron en el ingenio cinco familias que, con mucha discreción y miedo, organizaron la salida hacia Miami de nueve niños de los hogares mas pudientes de Camaguey. Todo quedaba en manos de la iglesia que garantizaba el bienestar necesario para los infantes en Norteamérica. Mientras tanto yo, ignorando por completo mi viaje “one way” hacia la libertad, seguía enamorando a Aleidita, contándole maravillas de La Habana y soñando los días que pasaríamos juntos en la piscina del Country Club de Cubanacan.

Atando cabos ahora entiendo las visitas a la iglesia en Camaguey. No era frecuente que el padre Julián recibiera en la rectoría, pero en los meses anteriores a mi partida se reunió en seis oportunidades con mis padres. Para no levantar sospechas era mejor hacer los “trámites” de mi viaje en la provincia que en La Habana. Queda claro por qué el curita se implicó tanto en el asunto y logró que yo viajara en el segundo vuelo a Miami. El jugoso cheque que dejó mi padre en la Parroquia fue determinante. Así funcionaba la iglesia católica cubana en 1961.

Entre fogones y cazuelas María había escuchado la noticia. Amanecía con la radio y se dormía con ella. En medio de sus boleros preferidos una voz metálica, cuidadosamente ensayada, sembró el pánico entre los radio oyentes. El comunicado decía que el gobierno había promulgado una ley que le quitaba la patria potestad a todos los padres de hijos menores de edad y, peor aún, que esos niños podían ser enviados a no se que lugar tenebroso donde los convertían al comunismo mas despiadado. Si la tristeza y desesperación de mi nodriza en nuestra despedida me habían sorprendido, aún me faltaba ser testigo del drama en la sala de espera de Rancho Boyeros. Niños pequeños llorando aferrados a sus hermanos mayores, madres que se desmayaban, funcionarios de inmigración que no sabían que hacer y un avión de la Pan American esperando en la pista. Quince niños que no entendían por que, en un vuelo relámpago, los separaban de sus padres. Un viaje lleno de promesas hacia un futuro mejor en el país de “nunca jamas”. Alguien contó una vez, creo que era trabajador del aeropuerto, que la escena mas triste de su vida fue vernos, aquella tarde, en fila caminando como pinguinos hacia el avión. Para rematar el cuadro patético todos llevábamos un cartelito colgando del cuello con nuestro nombre.

Ya en pleno vuelo hacia “never land”, había un pequeño grupo de adultos extraterrestres que no paraban de clamar: “viva Cuba libre, viva la libertad”, ignorando por completo el llanto y el dolor de los nuevos huérfanos recién estrenados. Apenas puedo entender algunas de las razones por las que viajo solo, que queda para estos pequeños que aquí en Miami no paran de repetir: “quiero a mi mamá, quiero a mi mamá”.

Tiempo después cuando supe que mi destino lo había compartido con 14.000 niños mas, la desgracia del destierro fue menos amarga. Lo que para algunos resultó una separación familiar temporal para otros fue un calvario interminable, un deambular por campamentos, reformatorios, orfanatos y hogares de adopción.

Aquí en la Florida nos han instalado en “Matecumbé”.Tiendas de campaña en el bosque, literas hasta de tres pisos y mucho, mucho calor. De noche a la hora de dormir nadie pega un ojo, todos lloramos. Los que se acuerdan rezan. Un amigo bautizó el campamento como “el infierno verde”. Esto está lleno de mosquitos y alimañas. En la semana que permanecí allí una sola vez hablé con Vicente. No parábamos de quejarnos del calor y los mosquitos, añorando nuestras casas en La Habana y el aire acondicionado de nuestros cuartos. Fue un amigo a primera vista. Me llamaba la atención su buen humor, su estado de ánimo, como si el comienzo del destierro fueran vacaciones para él. De algo quería huir Vicente y este viaje a Miami le había venido muy bien. Me habló de sus problemas, de la separación de sus padres, de la disputa por la fortuna familiar. De la angustia cuando su padre se marchó a “Vuelta abajo” a vivir con su “querida”. De aquella tarde inolvidable en el Rotary Club de Pinar del Río: en medio de una suculenta merienda apareció el viejo y le presentó a su hermanastro Juan Pedro, fruto de aquella maldita unión con la pinareña. En un segundo a Vicente se le tambaleó la herencia. Se imaginó al bastardo, diez años mas tarde, administrando la tabacalera, de punta en blanco bajando de un Cadillac en el Vedado y a él sudando la gota gorda en las vegas de tabaco o cociendo “cujes” como un mariquita olvidado por la familia.

-¡No comas mierda! -le dije, cortándole la pesadilla-, eso no va a pasar. Parece que leíste El hombre de la mascara de hierro, ¡coño! Aquí estudiaremos y triunfaremos, es solo cuestión de tiempo agregué sin mucha convicción.

Quien iba a saber que nuestro porvenir de grandes empresarios se iba a truncar pocos días después en ese mismo lugar.                                                                                                           Formamos fila frente a la guagua, el típico “school bus” amarillo que habíamos visto en la películas. Vicente y yo somos los primeros, los mas pequeños. El “breakfast” ha estado copioso, excelente. Esto es una despedida pienso. Volveremos a Matecumbé? Otra vez algo me huele mal como en Camaguey. Mister Johnson organiza el grupo, nos cuenta, somos veinte. Lo noto nervioso, le llueven nuestras preguntas, no contesta ninguna. Vicente me apreta la mano cuando dan la orden de subir. Nos sentamos juntos sin mirarnos. Nuestra amistad va a durar dos horas y cuarenta minutos mas, hasta cuando lo bajen en el orfanato de Climber junto a cinco niños. Yo no estoy en la lista fatal de este plan macabro que ni el mismo satanás pudo concebir. A mis compañeros de infortunio no los volveré a ver.

Ahora soy Heriberto con el apellido de la familia que me adoptó sin preguntar de donde venía yo, la misma que no dudó en devolverme a mis padres cinco años después cuando llegaron a la Florida resignados y derrotados por Fidel y la ley de reforma agraria. Al viejo no le alcanzaron las treinta caballerías de caña que le dejó el gobierno y emigró creyendo en el paraíso, en el american way of life, en dios y en el cojón bendito. Mi herencia millonaria se fue al carajo y tampoco fui empresario porque mi padre adoptivo, un “farmer” de los buenos, me enseño a trabajar la tierra como lo hacía el negro Leopoldo en Camaguey, y entre práctica y teoría me titulé de Agrónomo en el 73 con 25 años. En el exilio no me ha ido mal. Tengo dos madres, dos padres y una novia que a veces nombro “Aleidita” sin querer.

La primera y única vez que volví al campamento de Matecumbé para hurgar en el pasado, me dijeron que Vicente había muerto en la playa de Daytona como un “beachcombers”. En el 65 se había fugado del orfanato escapando de los abusos, las golpizas y las violaciones. Jamás volvió a ver a sus padres y la profecía de ver a su hermanastro gerente de la empresa familiar no se cumplió porque la Revolución nacionalizó la tabacalera. Ahora es el llanto de mi madre que no puede impedir mi regreso a la isla. Todos me dicen que estoy loco, que no volveré, que me cuide de los comunistas.

En el parque, a través de las ramas del flamboyan de mi infancia, distingo un cartel en la fachada de la casona de Marianao. Parece que han instalado oficinas. La casa está pintada color pastel. No quiero acercarme. Allí empezó aquella locura del 61. En la esquina hay una escuela, es nueva para mi. Es mediodía y el sol de mi Cuba pega duro. Los niños empiezan a salir con uniformes rojos y blancos. Por el aire caliente sube un alboroto de risas y juegos. Los padres esperan en la vereda con besos y abrazos que se confunden en la gritería habitual de la plaza. Ya no me quedan dudas: en este país a nadie le han arrebatado la patria potestad.


*Carlos Muñiz Varela nació en Colón, Provincia de Matanzas en 1953. Con apenas ocho años de edad, en 1961, fue enviado a Estados Unidos como parte de la Operación Peter Pan organizada por la CIA en contubernio con la Iglesia Católica. En Puerto Rico fue militante de la Juventud Independentista Universitaria y promovió los viajes a Cuba y el acercamiento con el gobierno revolucionario. Fue asesinado a balazos en San Juan el 28 de julio de 1979 por grupos armados de la extrema derecha cubana.

Tomado del Blog Yovengodetodaspartes

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