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El drama de los emigrantes cubanos

(Crónicas de viaje)

Por Carlos Medina Viglielm

¿Por qué la gente emigra? Las razones son varias pero seguramente se encuentren en el propio ADN de los humanos. Provenimos todos de antecesores comunes que vivieron en África hace como cuatro millones de años y ellos, emigraron. Todos conocemos la historia.

La gente emigra hoy por cientos de miles o tal vez millones. Pero no lo hacen por voluntad propia. Esos son seguramente los menos. Los más lo hacen obligados por las circunstancias: guerras –lo más común-, o catástrofes naturales. Luego no emigran los más pobres. Sino solo aquellos que pueden ahorrar lo suficiente como para poder pagar una plaza en una “patera”, en algún lugar de la costa norte africana o pagar a los coyotes que les ayuden a cruzar la frontera, atraídos por ese enorme cartel de bienestar que exhiben los Estados Unidos de Norteamérica. Hacia allí emigran gentes de Centro y Sudamérica y también del Caribe. Algunos cubanos también lo hacen.

El origen de la emigración cubana tiene raíces lejanas, aunque muchos piensen que tiene que ver con la instauración del régimen socialista. Dejemos de lado aquellos que tenían cuentas pendientes con el pueblo al triunfo de la Revolución (asesinos, torturadores bajo las órdenes de Batista), o aquellos que fueron despojados de sus bienes mal habidos (latifundistas, banqueros, grandes empresarios), más aquellos que se creyeron el cuento de que los comunistas se comían a los niños crudos. Imbéciles que no razonan hay en todas las épocas y en todas partes.

Las razones de la emigración cubana no se apartan de las generales de la ley. Pero debemos decir que tempranamente hubo en Cuba anexionistas, aquellos que consideraron que lo mejor sería que la isla se subordinara al Imperio. Pocos, pero los hubo y los hay todavía hoy. A ellos no les importa nada la cuestión de la soberanía, o la identidad nacional: sienten que estarían mejor si vivieran dentro de la economía norteamericana, deslumbrados por una enorme imagen de bienestar.

La vida en Cuba se hace muchas veces difícil. Hay carencias de diverso tipo, a partir de las prioridades que ha debido hacer el gobierno, ante la imposibilidad de comerciar libremente con el resto del mundo. La salud Pública se asegura para todos, así como la leche para los niños. La UNICEF ha constatado que en Cuba no hay niños desnutridos Y quien escribe, que acaba de visitar diversos barrios de La Habana, puede afirmar que no hay, como en la mayoría de los países del continente, niños mendigos (y tampoco mayores).

El bloqueo norteamericano, que a pesar de las sonrisas y promesas de Obama sigue tal cual, hace que los cubanos tengan que pagar precios altísimos a los proveedores que se animen a asumir el riesgo de las multas que impone el gobierno norteamericano. Entonces hay dificultades por ejemplo en el transporte ciudadano. Las “guaguas” escasean y por tanto a los cubanos les cuesta un sacrificio llegar al trabajo y volver.

El parque automovilístico, más allá de lo folklórico que puede resultar para los turistas, es apenas efectivo y altamente contaminante. Lo único bueno que se puede rescatar del trasporte en los viejos Chevrolet del ‘56 ó ‘57, los “taxis de línea” (circulan por ruta establecida), es que siempre llevan cinco pasajeros, a solo diez pesos cubanos. El dólar está a 25. El mantenimiento de los edificios se dificulta enormemente. Conseguir pintura, conseguir una bolsa de cemento pueden llegar a ser toda una aventura, como a veces conseguir aceite para cocinar.

Y bien dicen que no hay mal que dure cien años pero tampoco hay cuerpo que lo aguante. Muchos cubanos quisieran vivir un poco más holgadamente, o más cómodamente, es natural. Y las tentaciones, más que ofertas, que llegan desde el exterior son muchas. Unos cuantos, la mayor parte de ellos profesionales universitarios, hacen la prueba. Dejemos de lado a aquellos con sentimientos anexionistas y que llegan con los pies mojados (a la Florida) o con los pies secos (a El Paso, México) y a diferencia de todos los demás inmigrantes reciben automáticamente la residencia, o aquellos que sin ser anexionistas, viajan para reunirse con familiares. Hay por otra parte cubanos en muchos otros países, como España, Suecia, o en este caso Uruguay.

Pero aquella imagen de bienestar propagandeada en todas partes, es solo un cartel muy bien pintado. Pronto entienden los emigrantes cubanos que ni casa con piscina ni carro en la puerta pero primero, ni trabajo acorde a su preparación: el mundo capitalista está lleno de profesionales universitarios que limpian edificios o traseros. Si les gusta bien y si no nada, porque hay cientos de miles de solicitantes dispuestos a trabajar sin preguntar siquiera cuánto van a ganar. Bueno, de eso se trata el capitalismo. Los extranjeros reciben aun peores trabajos. Y no vayan a atrasarse en el pago del alquiler del apartamento pues pueden quedar “de patitas en la calle” con unas pocas pertenencias, como cualquier indigente. Bien saben de eso los cubanos en España.

De regreso de La Habana, en Montevideo, pasé por un apartamento a entregar un pequeño paquete, un presente de una cubana, a su amiga emigrada. Me encontré con una mujer de treinta y tantos, digamos, en la plenitud de su vida laboral, angustiada, porque hacía más de una semana que “no tenía servicio”, o sea contratada pero sin sueldo. Me dijo que trabajaba para una empresa de “cuidado de enfermos”, una de esas empresas privadas que florecieron en Uruguay (como en otros países), gracias al estrangulamiento económico de la Salud Pública. ¿Y eres enfermera? Pregunté. “Si claro, pero además soy…y también soy…” Y me nombró dos títulos universitarios más. Solo pude alentarla a no perder la esperanza.

Me fui pensando: ¿Qué le pueden importar a un empresario inescrupuloso (lucra con la Salud), los títulos universitarios de una mujer, negra y cubana? ¿Qué le pueden importar los títulos a un empresario cualquiera, que lo que necesita es mano de obra barata, que le posibilite darse lujos, prosperar, viajar etc.?

En Uruguay viven alrededor de 300 mil negros y mulatos. Casi la mitad de ellos no terminó la enseñanza primaria y de todos ellos hay menos de 200 con título universitario. O sea, en Uruguay, además de tener una administración capitalista, hay un racismo solapado pero brutal.

Recuerdo que hace unos años, conocí a un médico neurocirujano cubano, negro. Había venido buscando un lugar donde asentarse. No sé por qué circunstancias casuales prestó asistencia a alguien relacionado con la esposa de un ex presidente del país, o a ella misma. Eso le significó una recomendación para buscar trabajo en una de las principales empresas privadas de asistencia médica del Uruguay, una empresa de origen español. Fue con su carta de recomendación y llegó hasta la oficina de la Jefa de Personal quien le dijo: “No necesitamos porteros”.

Pero eso no fue lo peor. Una noche lo llamaron pues una enfermera cubana residente en Montevideo se sintió gravemente enferma. Él la examinó y dándose cuenta de la gravedad, la condujo en un taxi a la urgencia de un hospital. Habló con los profesionales que lo recibieron y les dijo: “tiene un aneurisma y debe ser intervenida de inmediato”. No le creyeron. Y aquella bella cubana, porque tuve el gusto de conocerla, falleció.

 

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