Etiquetas

, , ,

maduro-y-vazquezPor Leandro Grille.

Caras & Caretas – Montevideo – La suspensión o expulsión de Venezuela del Mercosur es el corolario de un fenómeno general de retroceso de las fuerzas progresistas en la región. De buenas a primeras, tres de los cuatro estados fundadores del bloque pasaron a ser gobernados por expresiones políticas de derecha, y semejante cambio de correlación necesariamente iba a tener consecuencias.

El ensañamiento con el Estado Venezolano era inexorable, no porque haya incumplido con la incorporación del total de las normas mercosurianas a su legislación en tiempo y forma, como tan cándidamente repite nuestro vicencanciller, José Luis Cancela, dando una muestra de incomprensión –o hipocresía– ante lo que está ocurriendo, sino porque la Venezuela bolivariana representa un mal a ser purgado para la nueva nomenclatura del Cono Sur sudamericano.

 La derecha no es vengativa por capricho ni por casualidad. La derecha es vengativa por necesidad. Como no representa un ideal o un sueño colectivo, buena parte de su trabajo ideológico consiste en destruir aquello que lo represente. El revanchismo es una característica saliente de los gobiernos restauradores y lo es en todos los ámbitos y en todos los planos, con independencia de la forma por la que hayan accedido al gobierno, democrática o golpista.
Encaramados en el poder regional, su primer objetivo era aislar al gobierno revolucionario de Venezuela como fuera. Para ello intentaron aplicarle la Carta Democrática, impedir que accediera a la presidencia pro témpore del Mercosur que le correspondía legalmente, y ahora, suspenderla con base en formalismos. En ese contexto, las declaraciones de Cancela y la posición uruguaya, último bastión del progresismo en el orbe, resultan inadmisibles.

Cabe consignar, porque la nobleza obliga, que Uruguay fue el único de los estados fundadores del Mercosur que mantuvo una posición digna e intentó evitar que la política de cuerpo blando hacia el estado venezolano prosperara. Lo hizo tímidamente, con recaudos y sin ofrecer toda la intransigencia que merecía el caso, pero lo hizo en un contexto de presiones innegables. Sin embargo, este reconocimiento no puede soslayar la concesión final, cuyo objetivo apenas explicitado es no quedar aislado en el terreno comercial, como si un acuerdo económico pudiese estar por encima de los principios y las convicciones.

La decisión tomada por Uruguay ha producido dolor en el seno del Frente Amplio, e incluso en aquellos a los que no les provocó un sentimiento de pesar, tampoco les produjo orgullo. El propio presidente Tabaré Vázquez, que debió estar al tanto de una posición que no pudo ser adoptada sin su autorización previa, se ha comprometido a estudiarla, a reunirse con el presidente venezolano y ha hecho énfasis en su reversibilidad. Pero esta última afirmación, más allá de un propósito componedor, no es más que una expresión de deseo o de solidaridad póstuma.

Uruguay podría haber vetado esta suspensión, porque aplicarla requería el consenso de los cuatro estados –en rigor, de acuerdo con los tratados, ni siquiera esto era suficiente para la sanción–, pero cometido el crimen no hay mecanismo para revertirlo, en la medida en que para ello se necesita el voto conforme del gobierno argentino, brasileño y paraguayo, los tres acérrimos enemigos de Venezuela.

En mi opinión, es indispensable revisar los términos de nuestra política exterior. Una cosa es enfocarse en abrir mercados y generar acuerdos económicos abarcativos con el mundo; otra es renunciar a nuestras ideas y nuestras señas de identidad en aras de una inserción económica que no puede depender, en ningún caso, de la pérdida de independencia y soberanía. Venezuela es un estado democrático gobernado por un presidente electo en elecciones libres, abiertas y observadas internacionalmente. Atraviesa una crisis política importante, producto de una crisis económica inducida por una caída demencial y abrupta del precio de su principal rubro exportador.

Pero Venezuela es nuestra amiga. Dio muestras de amistad y solidaridad a lo largo de los años y a prueba de cualquier calamidad, propia o ajena. Cuando se la agravia, se agravia nuestra memoria; cuando se la ataca, se nos ataca a nosotros mismos. Si con Venezuela se comete una injusticia debiera olernos más que si la infamia fuera contra nosotros. La defensa de un país hermano es un problema de principios. Mientras tanto, a Brasil lo gobierna una cleptocracia autoritaria, bajo la égida de un impresentable que le dio un golpe de Estado a la admirable amiga Dilma Rousseff; a Paraguay lo gobiernan los herederos de los que le dieron el golpe a Fernando Lugo; y Argentina es gobernada por una casta de súper ricos neoliberales, empeñados en desandar los avances sociales de la última década, parapetados en un blindaje mediático obsceno y dueños de un cinismo soez.

Se pueden cometer muchos errores en el abordaje de la política exterior hacia un país o en un contexto complejo. Pero el único imperdonable es ignorar que en la larga marcha de la historia hacia una sociedad más justa hay compañeros y enemigos. La Revolución Boliviariana está en nuestra vereda. Conviene no olvidarlo nunca, más allá de costos circunstanciales o cantos de sirena.

Anuncios