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Llamarse de izquierdas y servir a la derecha para seguir flotando

Por Antonio “El gaucho solo” Medina (FA del 71)

Falleció el histórico líder de la Revolución Cubana Fidel Castro Ruz y por todas partes se lo reconoció como indiscutible referencia en el camino de los pueblos hacia un futuro mejor. En Uruguay también pero, ¿cómo ponderarlo sin comprometerse? ¿Cómo reconocer los inmensos logros de la Revolución que Fidel comandó, pero mantener el título de demócrata o sea que pondera el pluripartidismo, tomando distancia, negando (temiendo), los métodos que la hicieron posible?

Cuba al llegar a los ’50 del siglo pasado funcionaba como una colonia norteamericana y era administrada socialmente como todavía se administran la gran mayoría de los países del mundo: con las reglas que establece la economía de mercado, con todas sus brutales injusticias, con todas sus terribles consecuencias, tanto para los pueblos como para el propio planeta en que vivimos.

Las condiciones en Cuba antes de la Revolución, no eran muy diferentes a lo que fueron en Nicaragua, en Guatemala, en Haití o en Bolivia de la época, con terratenientes dueños de haciendas, pero también de la vida de sus trabajadores, con banqueros encaramados en el gobierno disfrutando del producto del desvío de los bienes públicos a sus cuentas privadas, con un ejército formado y mantenido para su defensa y el ajusticiamiento sumario de quienes osaran señalar las injusticias. ¿En suma, de cuántos cientos de miles de muertos, de cuántos cientos de miles de asesinatos o desaparecidos estamos hablando? Nunca lo sabremos.

Hablamos de que en Cuba (como en otros países), existía un sistema de administración que no tenía reparación alguna posible, más que su aniquilamiento: un terrible cáncer social que debía (y debe), ser extirpado sin miramientos, para fundar una sociedad nueva en beneficio de las grandes mayorías, que son las que ofrendan su integridad y su sangre cada día al servicio de todos. Eso es lo que hizo la Revolución Cubana. ¿Cuáles fueron sus logros a partir de 1959? Todo el mundo los conoce y muchos países del mundo entero, del mundo capitalista, disfrutan también, gracias a la solidaridad cubana, los logros en la salud, en el deporte, en la enseñanza y en la propia independencia, como pasó con Angola y Namibia. Solo un país humanamente administrado en los mejores valores filosóficos y éticos, puede exportar médicos, maestros o técnicos en el deporte como hace Cuba, a pesar de sufrir el bloqueo durante más de medio siglo, a manos de la potencia más poderosa de la historia.

¿Acaso han surgido métodos mejores para llegar a lo que llegó la Revolución Cubana? Nadie lo ha demostrado hasta ahora. Lo que sí se ha demostrado varias veces y en forma sangrienta, es que los capitalistas, encabezados por el gobierno de los Estados Unidos de América, después de la Revolución Cubana, no estuvieron dispuestos a que el ejemplo cundiera: golpe de estado en Brasil en 1964, golpe de Estado en Chile en 1973, con 30 mil muertos y desaparecidos, golpes de Estado también en Uruguay y Argentina, en 1973 y 1976 respectivamente. Todos para asegurar que el “mal ejemplo de Cuba” no se repitiera. Luego le tocó el turno a Nicaragua, que después del triunfo sandinista en 1979, fue atacada durante casi diez años por el gobierno de los Estados Unidos encabezado por Ronald Reagan y su engendro militar: la “contra”. No son ni por asomo las únicas intervenciones de la “justicia norteamericana”: soldados yanquis también invadieron, y hablemos solo de Latinoamérica, Panamá y Grenada y en los últimos años Haití, tras el cartel de “ayuda a la estabilización” de las Naciones Unidas.

Aunque  por más que los EUA se esmeraron en impedirlo, la Revolución se abrió paso en Venezuela, con el ascenso de Hugo Chávez. Los movimientos revolucionarios afloran indefectiblemente cada vez que los pueblos han superado los días de terror de la represión capitalista, cuyos ejércitos han cumplido siempre con su deber de “poner orden en la salvaguarda de las instituciones”, matando a miles de personas para descabezar, justamente, a los movimientos revolucionarios. Y no por repetir toda esta horrible historia puede sentirse menos dura, menos cruenta, menos injusta.

Pero a muchos la lucha asusta. En particular a aquellos que habiéndose identificado un día con las ideas de izquierda, lograron llegar a ocupar un sillón en el Parlamento. Esos además hicieron todo lo posible para alejarse de la mala reputación que supo cosechar la Unión Soviética y sus aliados cercanos, practicantes de un terrible “socialismo de cuartel”, mal llamado “Socialismo real”.

Claro que tras la caída del llamado socialismo real, las injusticias del capitalismo siguieron (y siguen), subsistiendo. Así que los líderes capitalistas quisieron completar el cuadro del supuesto fin de las luchas de clase, con una imagen más “humana” de su sistema: dieron paso al “progresismo”. Principales impulsores, Tony Blair en el Reino Unido y Bill Clinton en los EUA: dos tremendos socialistas…

Según anunciaba la AFP en marzo del 2009: “Cumbre del “progresismo” en Chile. Líderes progresistas dejaron en claro durante una reunión en Chile que la centro izquierda es la única corriente capaz de dar soluciones a la crisis financiera, las que deben ser globales y considerar primero a los más pobres.

El primer ministro británico Gordon Brown, el vicepresidente de Estados Unidos Joe Biden, el jefe de Gobierno Español, José Luis Rodríguez Zapatero y los presidentes Tabaré Vázquez (Uruguay), Luiz Inacio Lula da Silva (Brasil), Cristina Kirchner (Argentina) y Michelle Bachelet (Chile) participan de la Cúpula de Líderes Progresistas que se realiza en Viña del Mar, por primera vez en América Latina.”

La cumbre fue un bochorno lleno de falsas promesas, pero alargó la vida al maloliente capitalismo en esta parte del mundo. Fue más bien un certamen de buenas intenciones y mentiras dirigido por algunos de los más hábiles mentirosos de la política internacional. Aunque nadie de los participantes en esa cumbre podía creerse lo dicho: “la centro izquierda es la única corriente capaz de dar soluciones a la crisis financiera, las que deben ser globales y considerar primero a los más pobres”.

Lo peor de todo es que confundieron a millones de personas asimilando el “progresismo” a la izquierda. Y la confusión en que cayeron esos millones de incautos fue muy bien utilizada por quienes, utilizando un cartel por haber sido alguna vez de izquierdas, vieron asegurados sus sillones en el Parlamento para servir descaradamente al capitalismo.

La cuestión es: ¿Cómo llamarse de izquierdas pero seguir evitando tocar las estructuras de un sistema de administración social tan injusto como irracional? A la propia derecha le cuesta presentarse como tal. Es que ser de derechas tiene lógicamente mala fama. Muchos intentan, como Julio María Sanguinetti, ex presidente de Uruguay y ex Ministro de Cultura de la última dictadura o Pablo Mieres del llamado Partido Independiente,  ponerse el cartel de socialdemócratas. Aunque la gente poco a poco se va dando cuenta del engaño. En Uruguay, la coalición de “izquierdas” (en casi su totalidad socialdemócrata), hace agua por los cuatro costados porque evidentemente no solo arrió las viejas banderas de lucha, no solo ha abandonado la causa por la defensa de las víctimas de la dictadura, no solo protege a los empresarios capitalistas considerados por el ex presidente José Mujica como “la gallina de los huevos de oro”, sino que les sigue cediendo terreno, entregando el propio territorio del país a empresas depredadoras extranjeras como las que producen soja o pasta de celulosa.

Bajo la “supervisión” de la “izquierda” en el gobierno, en esta democracia de mercado en que vivimos en Uruguay, diversos empresarios comercian y se enriquecen con todo aquello que es de primera necesidad para el pueblo: la salud, la enseñanza, la seguridad y por último la energía. Contraviniendo la voluntad de la mayoría de la población del país, el gobierno cedió la capacidad eólica a empresarios privados. Entre beneficiar al pueblo con rebajas en los costos del consumo eléctrico o a los empresarios privados, se eligió a los empresarios. El colmo: la “izquierda” uruguaya, privatizó el viento. Una “izquierda” que tiene miedo de ser de izquierda, que prefiere seguir flotando en el mar dominado por las derechas. También existe el miedo por parte de adherentes de la”izquierda” a tener que reconocer que los “líderes” no se equivocan ni intentan llegar al socialismo por otros caminos, sino que cambiaron de bando. Esos “adherentes” confunden lealtad con obsecuencia.

Entonces surgen los “indignados” y en algún momento –es cuestión de tiempo-, surgirá una agrupación o partido que levante nuevamente las viejas banderas. Eso no quiere decir que será una empresa fácil. A quienes entregaron las banderas “se les ha hecho el campo orégano”, gracias a una prolongada y esmerada campaña de negación del tema ideológico, iniciada convenientemente por la derecha y mantenida por esa propia falsa izquierda, campaña montada fácilmente a lomos de un agudo y para nada casual, descenso en el nivel cultural de la gente: hace ya unos cuantos años que el país “forma”, de la cantera de jóvenes pobres, analfabetos funcionales y los complace con más y más futbol. Claro, entonces sobrevienen los “barra bravas”. Un problema de menor importancia para el capitalismo. Se trata de jóvenes incapacitados para pensar críticamente que cuando mucho formarán pequeños grupos de delincuentes y eso se “arregla” con más policías, más cámaras de vigilancia y nuevas cárceles. En otra época, los jóvenes integrábamos organizaciones revolucionarias. Eso sí era peligroso. Por eso fuimos perseguidos, encarcelados, torturados, asesinados o desaparecidos.

Luego de que los golpes fascistas y sangrientos de los ’70 del siglo pasado pasaran de moda (la represión fascista se ve muy desagradable en los telenoticieros de la tarde), las nuevas tecnologías y la invalorable ayuda de los falsos izquierdistas (por acción u omisión), han posibilitado la recuperación del capitalismo puro y duro mediante los “golpes blandos” como los que se dieron en Honduras, Paraguay o Brasil, países recuperados para “el patio trasero” de los norteamericanos. La redistribución “más justa” llevada adelante por los gobiernos “progresistas”, tiene sin dudas un límite traspasado el cual, se accionan los “mecanismos adecuados” con el fin de retornar la situación “a la normalidad” capitalista o sea, a una mayor extracción de riquezas de la población. La pretensión de los falsos izquierdistas de llegar al socialismo “por las buenas” puede terminar como ha sucedido, en “golpes blandos” o, si fuera necesario, si los revolucionarios no se rinden como sucede en Venezuela, golpes “a la vieja usanza”. Para eso los “demócratas” capitalistas pueden invocar a los “medios internacionales” y a la “ayuda norteamericana”, o si no, a las Fuerzas Armadas que se mantienen como en Uruguay, -por eso no se les ha tocado, siendo explícitamente seguidoras de los militares golpistas- : para la “salvaguarda de las instituciones”.

Los problemas de la sociedad y la misma supervivencia del género humano a estas alturas, pueden resolverse solo en la medida que lo irracional y totalmente injusto –la propiedad privada de la tierra, la propiedad privada de los recursos naturales, los bancos, los grandes medios de producción, la salud, la enseñanza-, propuesto y llevado adelante por los empresarios (políticos) capitalistas y defendido a sangre y fuego por sus ejércitos mercenarios, sea controlado y cambiado por un sistema racional y justo de administración. Esto seguramente será algo difícil. Es muy improbable que los líderes capitalistas, insensatos, tantas veces asociados para delinquir, acepten voluntariamente cambiar el sistema probadamente nefasto para la humanidad, por un sistema éticamente superior.

Los dirigentes de la derecha, ínfima minoría de ricos poderosos y sus sirvientes, se muestran con bastante claridad y defienden abiertamente sus intereses, diciendo que defienden la libertad, cuando en realidad defienden la libertad de explotar, de estafar a los trabajadores. Aunque no sean fácilmente combatibles (tienen cuantiosos recursos económicos, leyes en su beneficio y ejército), son fácilmente reconocibles. Los que temen ser de izquierdas, los que sirven a la derecha y se llaman de izquierda disfrutando de las “bondades” capitalistas, diciendo que “se hace lo que se puede” para retrasar todo lo posible la maduración de las condiciones que conduzcan a los verdaderos cambios, no son muy fáciles de reconocer por las mayorías necesitadas y postergadas, por ello están entre los peores enemigos del pueblo. No tienen salvación. Irán al cesto de la basura de la historia.

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