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por Karel Leyva Ferrer

En el año 50 del asesinato del Che, múltiples serán los homenajes que de manera creciente se realizarán para recordar, conocer, colocar en su justa medida al guerrillero de América. La Colección SurEditores propone un acercamiento a la figura del joven Ernesto a través de los rescritos de su padre en Recuerdos de Misiones… escrito entre 1972 y 1975 por Ernesto Guevara Linch, cuando, en un intenso esfuerzo por trazar el dibujo más fidedigno de los primeros años del Che, los recuerdos del padre se convirtieron en imágenes y éstas en cortos relatos donde se iba revelando, lentamente, el inquietante mundo donde el pequeño diera sus primeros pasos. Obra que nos permitirá tener una noción de los primeros impactos que tuvo en la personalidad del futuro combatiente sus relaciones con vecinos, amigos de infancia, historias trasmitidas de generación en generación. En el stand J9 de la Feria del Libro de La Habana se realizará la venta de este título unirá nuevamente a la figura del Che y a valiosos poetas y políticos de todo el mundo, en un diálogo de distintas artes donde usted es nuestro invitado especial. No se pierda esta oportunidad que conocer más nuestra historia. Lo esperamos.

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Colección Sur Editores

Recuerdos de Misiones, los primeros pasos del Che.
Dra. María Victoria Guevara Erra,
La Habana, 17 de abril de 2007

Cuando en 1970 Ernesto Guevara Lynch comenzó a escribir un libro sobre la niñez y juventud de su hijo, sabía que se enfrentaba a la tarea más ardua y difícil que habría de realizar en toda su vida. Ni sus viajes de juventud a remotos parajes, ni sus empeños empresariales, ni sus actividades políticas pasadas o por venir, demandarían de él tanto esfuerzo. Tres años antes, su hijo Ernesto, mundialmente conocido como el Che, había sido asesinado en Bolivia, con activa participación de la CIA. El Che se convirtió desde entonces en símbolo de la lucha revolucionaria y en bandera de los movimientos de izquierda de todo el mundo. Con la misma celeridad, las fuerzas que lo abatieron comenzaron a trabajar por destruir el poder de su imagen, la trascendencia de su legado. Vano esfuerzo, cuando la propia muerte del héroe le ha hecho traspasar las puertas del mito. Los años setenta también se mostraban convulsos y de oscuro horizonte para América Latina, y en especial para la Argentina.

A pesar de todo, y quizá debido a esto, Ernesto Guevara Lynch comenzó a preparar su obra: en un doloroso proceso de rescate de la memoria, el padre fue descubriendo los años formativos en la vida de Ernesto Guevara de la Serna, desde la niñez y juventud hasta su participación plena en la Revolución Cubana. Su labor se dilató durante diez años y no pudo ser interrumpida ni por las persecuciones políticas ni por el exilio. Finalmente, todo el material salvaguardado y compendiado por él se condensó en dos obras ya conocidas: Mi hijo el Che (1981) y Aquí va un soldado de América (1985). Sin embargo, la extensión de los documentos recogidos, elaborados y revisados en esa década, sobrepasó los límites de las ediciones citadas, y la muerte de Don Ernesto, acaecida en 1987, truncó su publicación. Por eso, tras un proceso de rescate, ofrecemos una obra que recoge una parte de aquellos escritos que fueron una vez excluidos de las dos obras biográficas, pero que, por su trascendencia y homogeneidad, merecen conformar un nuevo volumen.

Recuerdos de Misiones fue escrito entre 1972 y 1975, cuando, en un intenso esfuerzo por trazar el dibujo más fidedigno de los primeros años del Che, los recuerdos del padre se convirtieron en imágenes y éstas en cortos relatos donde se iba revelando, lentamente, el inquietante mundo donde el pequeño Ernestito diera sus primeros pasos: Misiones. En 1926, el joven Ernesto Guevara Lynch se entusiasmó con la idea de dirigir su propia empresa en Puerto Caraguatay, una de las distantes poblaciones argentinas sobre el río Paraná, y que actualmente constituye un municipio de la provincia argentina de Misiones. Tras dejar atrás su participación en la mensura del Chaco y sus inconclusos estudios de Arquitectura, las lejanas tierras del nordeste se le mostraron propicias para iniciar al año siguiente su propio yerbatal, a la vez que daba comienzo su vida conyugal con Celia de la Serna y, muy pronto, a la familiar con el nacimiento de su primer hijo.

La familia Guevara de la Serna permaneció en aquella provincia, casi sin interrupciones, desde 1927 hasta 1929. Durante ese periodo se produjo el feliz alumbramiento del primogénito Ernesto en la ciudad de Rosario, cuando sus padres se dirigían a Buenos Aires. Y fue otro motivo semejante, el inminente nacimiento de su segunda hija, Celia, el que decidió un nuevo traslado hacia la capital del país en 1929. Futuros acontecimientos impidieron que la familia regresara a Puerto Caraguatay. No obstante, la huella de la región en la memoria del padre se mantuvo indeleble y quedó reflejada en estos escritos. Territorio marcado por las fronteras fluviales, Misiones había servido de asentamiento a numerosos grupos humanos desde tiempos inmemoriales.

La ancestral cultura guaraní había florecido allí con notoria plenitud. A partir del siglo XVII, las tirantes relaciones coloniales entre España y Portugal favorecieron la entrada de misioneros jesuitas provenientes de la Corona hispana, así como la organización y desarrollo de treinta reducciones guaraníes en un extenso dominio conocido como Provincia jesuítica del Paraguay. Sin embargo, la casi simultánea expulsión de la Compañía de Jesús de los reinos de España, Portugal y sus colonias a finales del siglo XVIII , provocó la fragmentación del territorio y la disgregación de su población indígena. Durante el siglo siguiente, dicho proceso se incrementó con las pugnas territoriales y conflictos bélicos que enfrentaron a Paraguay, Brasil y Argentina y asolaron la región. En las postrimerías de la centuria, el nordeste argentino continuaba siendo una zona de frontera y el gobierno central promovió su “colonización.”

En pocos años, la colonización capitalista del agro argentino fue dando lugar a un nuevo crecimiento de los latifundios agropecuarios dominados tanto por compañías extranjeras como por unas pocas familias de la oligarquía nacional. Esta expansión se produjo sobre tierras consideradas vacías, alejadas de la llamada civilización, o lo que es lo mismo, tierras arrebatadas a los indios, sus habitantes autóctonos, en sangrientas campañas militares que caracterizaron una política que fue definida por el gobierno argentino como de enfrentamiento entre “civilización” y “barbarie”, y que tuvo como grandes exponentes las presidencias de Domingo Faustino Sarmiento y Julio A. Roca. Además, si bien las grandes empresas propietarias debían estimular la colonización familiar de las tierras con inmigrantes europeos, garantizando su dotación y establecimiento, la especulación y el acaparamiento de tierras, así como la escasez de recursos con que contaban los inmigrantes, dejaron como resultado la concentración de la propiedad en pocas manos, la expansión del arrendamiento y del peonaje.

Ésta era la situación de Misiones en 1927 y es la que Ernesto Guevara Lynch quiso mostrar al lector. Para el autor, la estancia de la familia en aquel territorio había constituido su primera experiencia sobre las difíciles condiciones de vida de un sector de la población argentina que era poco conocida para un porteño y, por consiguiente, influyó en la formación posterior de su hijo. El retrato de aquella sociedad es muy completo: la presencia de las grandes compañías latifundistas nacionales y extranjeras, la escasa presencia de pequeños propietarios argentinos, el arriendo, la entrada del inmigrante europeo y la desoladora situación del peón. Impactante y actual es también su denuncia de la devastación del territorio por parte de las grandes compañías yerbateras y madereras.

Pero mucho más incisiva y descarnada es la minuciosa descripción que hace de la depredación del propio hombre: las inhumanas condiciones de vida de los peones en los obrajes; el diabólico mecanismo de las proveedurías y las deudas que, cual cadenas invisibles, ataban al peón a la tierra; la presión de los sindicatos y, finalmente, la reacción del explotado: la fuga, en la que los grandes ríos de la región fungían como fronteras entre la esclavitud y la libertad. Tampoco pasa por alto el autor la política de expansión propiciada por el gobierno argentino, la que culminó, émulo de las acciones militares en el oeste norteamericano, con la penetración en tierras habitadas por los pueblos indígenas, para acorralarlos y casi exterminarlos gracias a las armas de fuego.

Del mismo choque surgía el rechazo de los recién llegados, tanto bonaerenses como inmigrantes europeos, hacia la cultura guaraní. Pero la intensa experiencia misionera otorgó a Guevara Lynch la posibilidad de profundizar su mirada. De ella surgen varios relatos donde el hombre de Buenos Aires, urbe cosmopolita, de luces, automóviles y letras, descubre la selva y sus habitantes, comarca a la que la presencia de una milenaria cultura guaraní le otorga una singular unicidad a través de fuertes lazos que traspasan las actuales fronteras nacionales.

Y en ella se manifiestan, indistintamente, el valor de los conocimientos medicinales de los guaraníes, la armonía de esta cultura con el medio, la penetrante mirada del guaraní hacia el forastero, y las leyendas de fabulosas ciudades perdidas en la selva que, cual las legendarias Cíbola y Quivira, impregnaron la imaginación del autor. Esto es lo que se puede apreciar en el relato denominado “La leyenda de Mbororé.” Inmerso en el fantástico mundo de Misiones, Guevara Lynch encontró su El Dorado en la leyenda que hizo de una antigua misión el oculto depósito del “tesoro” dejado por los jesuitas tras su expulsión y, aunque jamás dejó de creer en su existencia, compete aquí aclarar algunos puntos históricos.

Desde principios del siglo xvii la creciente demanda de mano de obra indígena a raíz de la acción desenfrenada de los encomenderos hispanos y de traficantes de esclavos provenientes de Brasil (los llamados paulistas, bandeirantes o mamelucos) atrajo la atención sobre los guaraníes reducidos por los jesuitas en su Provincia del Paraguay. Aquellos indios agrupados en pueblos e instruidos por los misioneros en las técnicas agrícolas europeas, se convirtieron en objeto de codicia. Las entradas de los bandeirantes en la región se iniciaron en 1628 y se repitieron en numerosas ocasiones. Sus efectos fueron tan devastadores que provocaron el éxodo, en 1631, de unos 12 000 indígenas guiados por el P. Antonio Ruiz de Montoya desde el Guayrá hasta el Paraná.

Este jesuita peruano logró, además, que en 1640 el rey de España autorizara a los guaraníes de aquellas reducciones a utilizar armas de fuego para su defensa. Para ese año, ni las Bulas papales ni las Reales Cédulas que condenaban el tráfico de indios habían podido detener los violentos ataques de los paulistas que prepararon entonces su entrada a las reducciones situadas más al sur, entre los ríos Uruguay y Paraná. Los jesuitas y guaraníes se dispusieron a organizar su defensa en la región del Alto Uruguay, hacia Mbororé. Mbororé está localizado en la ribera derecha del río Uruguay, donde desemboca el arroyo del mismo nombre, en la actual provincia argentina de Misiones. En este recodo del río, los jesuitas hallaron una mejor ubicación para que las fuerzas guaraníes, convertidas ya en un ejército de más de 4 000 hombres, hicieran frente a los atacantes.

Un primer enfrentamiento fluvial frenó la penetración de los mamelucos, pero los jesuitas necesitaban una victoria contundente, así que los milicianos mantuvieron durante varios días el sitio de los que se habían refugiado tierra adentro y, poco después, perseguían a los sobrevivientes que, en desbandada, intentaban cruzar la selva para llegar a los puestos que habían dejado en la retaguardia. La batalla de Mbororé fue decisiva para interrumpir definitivamente las agresiones de los bandeirantes sobre la Provincia jesuítica del Paraguay. Sin embargo, la rápida desintegración que sufrieron las reducciones guaraníes a partir de la expulsión de los jesuitas cambió la conformación de esas comarcas y los hechos históricos pasaron al olvido.

No así la leyenda, que a semejanza de una selvática enredadera, germinó, creció y se extendió por la región, hasta alcanzar la zona occidental del territorio, a orillas del río Paraná, donde la escuchara el autor. Se debe aclarar finalmente que en la primera parte de Recuerdos…, denominada “De nuestra vida en Puerto Caraguatay,” se han insertado algunos fragmentos del libro Mi hijo el Che con el propósito de dar una mayor coherencia a la obra. Esta parte inicial comprende la descripción pormenorizada de la vida de la familia Guevara de la Serna en la provincia de Misiones: la evasión del joven matrimonio bonaerense hacia las lejanas comarcas donde crece la yerba mate, la construcción del hogar, el nacimiento del primer hijo, sus actividades diarias, sus diversiones, la relación con el entorno y su gente que, cual viñetas antiguas, va poblando un escenario, al mismo tiempo pintoresco y perturbador.

En la segunda parte de la obra, titulada “De la selva y su gente,” las insinuadas amenazas se convierten en tormenta desatada. Conformada por cuentos cortos, esta sección se aleja del objetivo biográfico del autor para adentrarse en el terreno de la ficción, aunque sus historias siempre estuvieron inspiradas en sucesos y personajes reales de la época. En ellos, la agresiva intrusión de la Naturaleza indómita ante la cual el Hombre queda subyugado, nos recuerda los Cuentos del escritor uruguayo Horacio Quiroga, así como La Vorágine, de José E. Rivera. Recuérdese que Quiroga vivió durante largos años en San Ignacio, Misiones —incluyendo los dos años de estancia de la familia Guevara de la Serna— experiencia que le sirvió de inspiración para escribir muchos de sus conocidos relatos. Pero a diferencia de esas obras, la de Guevara Lynch, resulta distintiva en cuanto el Hombre no desaparece absorbido por la potencia de la Naturaleza, sino que cae abatido por la fuerza opresora de sus semejantes. Obra de denuncia y actualidad, Recuerdos… de Ernesto Guevara Lynch nos permite acceder a una época distante y turbulenta, a aquella selva primigenia donde el Che aprendió a caminar y donde encontró el mate, su compañero inseparable, aquella tierra que presagiaba la huella de su paso por otras selvas, otros caminos, en su búsqueda de la formación del nuevo hombre.

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