Etiquetas

, , ,

Masacre en las minas bolivianas

Por Froilán González y Adys Cupull

La noche del 24 de junio es considerada en Bolivia, como la más fría del año. Se celebra la Noche de San Juan. Es una fiesta tradicional, el pueblo en­ciende fogatas, bailan, cantan y generalmente se emborrachan. Al amanecer, cuando muchos mineros estaban todavía ebrios y el fuego comenzaban a apagarse, entraron los militares, y se produjo la horrible matanza.

Según  testimonios de los  artistas e intelectuales bolivianos Mario Arrieta y María Teresa Arce, ellos conocieron a través de Daniel Salamanca, secretario privado de Barrientos y funcionario de la Presidencia, que en los   primeros días de junio de 1967, se efectuó una reunión del embajador norteamericano con el Presidente. 

Relataron que asistieron, el Coronel Juan Lechín Suárez, Presidente de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL), y el oficial de la CIA John H. Corr, que fungía como agregado de asuntos laborales de la embajada de Estados Unidos en La Paz.

Expresaron que el agregado norteamericano afirmó que en las minas de Catavi, Huanuni y Siglo XX se gestaba un plan insurreccional para derribar al gobierno; que los mineros acordaron donar un día de haber al mes para que la guerrilla comprara armas y medicinas; que pensaban declarar las minas territorios libres de Bolivia y bloquear los caminos. Afirmó que un grupo de 20 mineros estaban listos para integrarse a las guerrillas del Che.

Entregó la lista y los nombres de los dirigentes y mineros que, según sus informaciones, estaban en la conspiración. Posteriormente, el Embajador señaló que era necesario tomar medidas drásticas para acabar con el foco subversivo en las minas.

Seguidamente Barrientos se entrevistó con el presidente ejecutivo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Alberto Ibáñez González, quien le informó de todos los proyectos para Bolivia. Cuando se retiró, el embajador norteamericano volvió a ser categórico: “Estos créditos se otorgarán si en el país reina la paz y la tranquilidad social.”

Ante tales presiones se llevó a cabo la masacre en las minas. Algunos  dirigentes  fueron asesinados, otros apresados, confinados o desterrados. Las organizaciones sindicales intervenidas, se produjeron despidos masivos. Las víctimas llegaron casi al centenar.

El sacerdote Gregorio Iriarte, en su libro Galerías de muerte. Las minas bolivianas, escribió: “Estamos en junio de 1967. Hace tres meses que el país vive conmovido por la guerrilla de Ñancahuazú. Entre los mineros se comentaba sobre la posible presencia del Che Guevara en Bolivia…”

“Se sabe de algunos mineros dispuestos a engrosar las filas de los guerrilleros y que, por primera vez, en la Asamblea de Catavi, propusieron ayudar económicamente a la guerrilla.

” Este lenguaje parece conmover los fundamentos mismos del Gobierno y del Ejército. El Alto Mando comienza a planear desde ese momento una nueva incursión, punitiva y escarmentadora, a las minas.

” El 3 de junio los Sindicatos de  Siglo XX y Catavi decretaron un paro de 24 horas para realizar una marcha pacífica hasta la ciudad de Oruro. El Gobierno contesta diciendo que no cree en el pacifismo de dichas marchas y que no las tolerará bajo ningún concepto.

” Unos ochocientos mineros esperan impacientes frente al Sindicato. Están dispuestos a viajar a Oruro de cualquier forma y a cualquier riesgo.

” A la mitad del camino, en las cercanías de Huanuni, el Ejército había cortado las vías del tren. El improvisado maquinista logró frenar a tiempo. Los mineros abandonaron los vagones y, en correcta formación, llegaron hasta la plaza de Huanuni. Allí se improvisaron reuniones, desfiles y discursos. La euforia se había apoderado de los dirigentes. Sus palabras brotaban henchidas de entusiasmo y de esperanza. Los distritos Mineros de Catavi, Siglo XX y Huanuni, fueron declarados ‘Territorios Libres’ y se pidió el aporte generoso de los mineros para colaborar con la guerrilla de Ñacahuasú.

” Simón Reyes, Secretario General de la Federación de Mineros, se encontraba, desde hacía unos días, en Siglo XX. Juntamente con Isaac Camacho y otros miembros de la Federación, debían ultimar los detalles de un Ampliado General que se debía llevar a efecto en el Sindicato de Siglo XX los días 25 y 26 de junio.

” El Gobierno creyó llegado el momento oportuno para acabar, de una vez, con toda la organización sindical. El Alto Mando estudió minuciosamente un plan de ataque a los centros mineros. La operación sería tanto más eficaz cuanto más sorpresiva. La Noche de San Juan, con sus tradicionales fogatas, abundantes “ponches” y alegres bailes populares, ofrecía, según los incautos estrategas militares, “inmejorables condiciones tácticas” para que saliera a la perfección su maquiavélico plan.

” Para caer sorpresivamente sobre la población minera, nada mejor que transportar la tropa en tren […].Otro factor “sorpresa” lo constituía la hora. La cinco menos veinte de la mañana era la hora prefijada para el ataque: hora ideal, sin duda, para sorprender a los mineros en brazos de Morfeo después de una noche de despreocupada alegría.

” La Policía de Llallagua, previamente reforzada, debía actuar como apoyo del Ejército, colaborando, sobre todo, en el asalto final al edificio sindical y reconociendo y apresando a los dirigentes sindicales. La consigna era clara y terminante: ni uno solo debía escapar…

” El General Barrientos quiso también estar de algún modo presente en la noche más triste e ignominiosa de su mandato presidencial: envió a su hombre de confianza, el infaltable Capitán Plaza, para colaborar directamente en la horrible masacre…”

El sacerdote refiere que el Alto Mando se sentía satisfecho, nunca en Bolivia se había planeado una operación militar con tan minuciosa escrupulosidad. Expresó que, a la puerta de cada hogar, chisporroteaba una hoguera. Frío intenso, noche serena, cielo tachonado de miles de estrellas. Era la Noche de San Juan, diáfana, alegre y bullanguera como siempre.

Relató que algunos observaron atónitos la llegada intempestiva de un tren y el desplazamiento sigiloso de los soldados sobre las laderas del cerro San Miguel, que todavía la noche era cerrada. El misterio lo envolvía todo. No valía la pena alterar el descanso de la gente y continuó.

” Sin que nadie lo entienda, el Campamento está envuelto en un espantoso tiroteo y el arma de cada soldado vomita ráfagas de muerte en cualquier dirección.

” Las dos fracciones de apoyo también abren fuego sobre el Campamento, creyendo que los soldados han sido atacados. Las balas penetran en las casas por las ventanas y a través de los techos de zinc.

” Los gritos de espanto de las mujeres y los niños ensordecen por un momento el tableteo de las ametralladoras. El ronco estampido de los morteros hace trepitar a los más valientes. El mayor Pérez y sus soldados, perdida la serenidad, ya no ven más que enemigos en cada persona que se esconde o en cada puerta que se abre.

” El Gobierno, no pudiendo justificar nada, trata de confundir a la opinión pública. Sin embargo, ahí estaban esos 26 cadáveres para probar que todo lo que se decía era mentira. Los cuerpos destrozados de esos niños, de esos campesinos, de esas mujeres, de esos serenos, eran la prueba más fehaciente de que, al menos por esta vez, los mineros no habían enfrentado al Ejército, ni eran causantes directos del inhumano genocidio […].

” Ese mismo día por la tarde, se efectuaba el entierro de todas las víctimas. Frente al Club Racing se congregó una inmensa multitud llorosa y vociferante. Sería difícil imaginarse algo más triste y desgarrador. Los rezos y los gritos de dolor se mezclaban con las consignas políticas y las arengas subversivas. Los insultos al Ejército cruzaban los aires mezclados con las plegarias de los fieles. Ya en el Cementerio, desde lo alto de sus viejos paredones, los dirigentes rendían tributo a los muertos anunciando próximo el día de la venganza implacable […].

” La noche no llegó para calmar nuestros nervios. El ambiente permanecía tenso y para el día siguiente se auguraban nuevas desgracias […].

” El día 26 la Empresa quiere que se normalice el trabajo. Muchos mineros ingresan en la mina, pero no para realizar su tarea laboral. Es el único lugar donde podrán reunirse. Quieren cambiar impresiones con sus compañeros, informarse detalladamente de lo sucedido, escuchar las consignas de los dirigentes de la Federación de Mineros. En el nivel 411 se realizó una prolongada Asamblea.

“Los ánimos estaban exasperados. Muchos de los mineros llegaron a la reunión provistos de cartuchos de dinamita y decididos a salir en manifestación a enfrentarse al Ejército y a morir, si fuera preciso, creyendo de este modo, vengar la muerte de las víctimas de San Juan…”

El sacerdote relató que en Siglo XX fueron apresados 21 trabajadores y deportados inmediatamente a los campos de concentración de las selvas del Beni, que los miembros de la Federación y los principales dirigentes de Siglo XX y Catavi lograron abandonar las minas sin que el Ejército consiguiese apresarlos.

Que acordaron decretar la huelga general indefinida y como respuesta la empresa despidió a 200 mineros. La huelga duró 12 días, fue silenciosa, triste y totalmente desafortunada, que la presencia del Ejército, ahora más envalentonado, lo envolvía todo, ahogando todo conato de lucha u organización.

El sacerdote Iriarte continuó narrando: “También Huanuni recibió la ingrata visita de los militares y vivió horas de pánico. A las cuatro de la tarde del día 25 de junio, el Ejército, después de instalar su Cuartel General en Playa Verde, incursiona en la población con el fin de tomar el Sindicato y los lugares estratégicos. Por momentos, el tiroteo es intenso.

” En el Hospital Santa Helena, el Dr. Luis Valderrama atiende a los primeros heridos. En la misma sala de operaciones es alcanzado por una bala de los soldados y cae herido.

” Al atardecer algunos trabajadores se han congregado cerca de la Radio Nacional que hace llamadas urgentes a distintas organizaciones del país. Poco después llega un Comando del Ejército que toma sin dificultad la Emisora y con una carga de dinamita destroza todos sus equipos.

” A la mañana siguiente, cuando un camión del Ejército viene a aprovisionarse de víveres a la Pulpería de la Empresa, las mujeres insultan y tratan de agredir a los soldados. Un pequeño puente es dinamitado en el momento en que el camión militar lo iba a cruzar […].

” COMIBOL, solapadamente manejada por el “Grupo Asesor” que persigue intereses ajenos al propio país, puede sentirse satisfecha: se han destruido las organizaciones sindicales, están presos o perseguidos los dirigentes, se han confiscado y acallado los órganos de expresión, se ha impuesto al pie de la letra el Decreto sobre Rebaja Salarial, han sido avasalladas todas las fuerzas democráticas y revolucionarias del país…”

” «La política de la violencia, reeditada nuevamente en septiembre de 1965 y junio de 1967, no tiene paralelo en la historia del país, no solo por el número de muertos y heridos, sino por las características de premeditación, alevosía y frialdad con que fueron ejecutadas. Las enseñanzas impartidas por los asesores yanquis han transformado el aparato militar en una eficiente fuerza policial de represión», dice Ramiro Villarroel en su libro Mito y realidad del desarrollo en Bolivia.

” La reacción pública contra las masacres fue de unánime condenación y repudio. La Iglesia hizo oír su voz de protesta. Las organizaciones universitarias, los partidos políticos, los sindicatos, las instituciones cívicas, se estremecieron horrorizados…

” COMIBOL. “Como una caricatura de ente soberano y nacional” continuó con su política intransigente de mano dura. Sobre desterrados, prisioneros, heridos y muertos se impuso la “paz social”. Pero era una “paz” de cementerio […].” Así concluye el sacerdote Gregorio Iriarte, esta parte de su relato.

La CIA y el embajador norteamericano en Bolivia lograron la “paz y la tranquilidad social” que exigían a cambio de los créditos del Banco Interamericano de Desarrollo.

Un relato conmovedor es el de la gran luchadora boliviana Domitila Chungara cuando relató: “Entró triunfante el ejército en las minas, porque nosotros no teníamos ni armas ni nada para defendernos. Y comenzaron a ocurrir cosas muy tristes.

“En Catavi, por ejemplo, ocurrió esto: en una vivienda, el esposo había viajado porque estaba de vacaciones. Por toda esa bulla que había, esos tiroteos, esos combates, la esposa había escondido a sus hijos bajo la cama, así como se acostumbra aquí, y cuando los soldados toca­ron la puerta, su mamá no quería abrir. Entonces empezaron ellos a dar golpes y entraron.

“Los chicos estaban llorando y los soldados dijeron: ‘…hay alguien bajo la cama, que salga hasta contar tres. Pero los chicos tuvieron miedo y no salieron. Y ellos contaron, uno, dos, tres. Y la mamá gritó: Pero si solamente están mis hijos. Por favor.

“Cuando se hincaba la señora para pedir clemencia, porque ya habían dado orden de meter bala, el tipo pensó que ella lo que­ría desarmar y… tam, tam, sacó la pistola y mató a la señora. Y los otros también dispararon. Nosotros fuimos a ver y eran niños los que estaban allí. Cuando llegó el esposo, resulta que ya no tenía hijos, no tenía esposa y la niña mayor estaba con las piernas amputadas.

” Y a todas las personas que, según ellos, habíamos apoyado a las guerrillas, nos agarraron, nos apalearon, nos maltrataron y a varios los mataron. A mí, por ejemplo, a patadas me hicieron perder a mi hijo en la cárcel porque decían que yo era enlace guerrillero…”

Al  amanecer de la Noche de San Juan de 1970, el  diputado Zacarías Plaza, quien por órdenes de Barrientos dirigió la masacre y represión en las minas, apareció descuartizado dentro de su automóvil Nunca se supo quién o quiénes fueron los que lo mataron. Todo ha quedado en el más absoluto misterio.

Durante nuestra estancia en Bolivia, compartimos en muchas ocasiones con el reconocido cineasta Jorge Sanjinés, nos reuníamos en la embajada cubana en La Paz, o en la casa donde residíamos en el barrio de Achumani.

Él, junto a Beatriz Palacios y otros miembros del grupo Ukamau, palabra aymara que significa “así es”, nos permitió ir conociendo la Bolivia profunda. Su película “El coraje del pueblo” refleja las luchas en las minas y la masacre de la Noche de San Juan. A Jorge Sanjinés  lo catalogan como el cineasta andino, de las alturas, de los socavones, de la puna, de las minas. Él ha reflejado las luchas de su pueblo y es a la vez el pueblo mismo.

De 1983 a 1987 tuvimos la posibilidad de visitar las minas de Catavi, Huanuni, Cataricagua, Siglo XX, Llallagua, Ocurrí, Coro Coro y San José. Observar la triste soledad del paisaje andino, la miseria a cada paso, las oscuras poblaciones y los profundos socavones donde acelerada­mente se va acabando la vida del minero.

En una de las minas hubo un acto en la plaza y alguien propuso un minuto de silencio en honor a los guerrilleros y al Che Guevara. El silencio fue total, sobrecogedor, imponente. Alguien gritó: ¡Viva el Che ¡y los presentes respondieron!

Allí conocimos que cada 9 de octubre, los mineros al entrar al interior de la mina, le dedican un minuto de silencio a sus compañeros caídos en los combates de Ñacahuasú.

En 2013 volvimos a las minas y en Huanuni, conocimos la intención de los trabajadores, encabezados por los hijos del guerrillero Moisés Guevara Rodríguez de construir una plaza y un monumento dedicado a Moisés y sus compañeros Simeón Cuba Sanabria (Willy), David Adriazola Veizaga (Darío) y al Comandante Ernesto Che Guevara. Propósito que lograron en el 2015.

Seguramente este 24 de junio de 2017, los mineros  conmemoran como toda Bolivia, el 50 aniversario de la más grande y horrible masacre en la historia de ese hermano país. 

Anuncios