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Represión a los periodistas

Por Froilán González y Adys Cupull.

Las declaraciones del General René  Barrientos, presidente de Bolivia,  de que sería aprobada una ley que contemplaría la pena de muerte para aplicársela al francés Regis Debray, alarmaron a amplios sectores de todo el mundo. El presidente francés Charles de Gaulle le escribió personalmente a Barrientos.  El apoyo y solidaridad con el joven  francés  llevó a Bolivia a intelectuales y personalidades de varios países. La CIA y los servicios secretos bolivianos los sometieron a un control sistemático.

Desde el mes de mayo, el General Alfredo Ovando, Jefe de las Fuerzas Armadas,  declaró que se tomarían medidas especiales de seguridad para impedir la entrada de elementos que actuaban en complicidad con los guerrilleros.

Los primeros periodistas afectados fueron los soviéticos Karen Jachaturov, director de la Agencia Novosti, y Vitali Borowski, corresponsal de Izvestia. A la larga lista se incluyeron el mexicano Luis Suárez de la revista Siempre; el chileno Augusto Carmona, de la revista Punto Final; los ingleses Richard Gott y Christopher Rooper, el danés Jean Stage, el sueco Bjorn Kumm, los franceses Phillipe Noury y Frederic Pohecher, los italianos Sergio de Santis, de la televisión italiana, y Franco Pierini,  de la revista L’ Europeo, el fotógrafo Paul Slade y el periodista Jacques Chupus, de la Radio de Luxemburgo.

El editor francés François Masperó, acompañado de su compatriota, el abogado George Pinet, y del abogado belga Roger M. Lallemand, que representaba a la Liga de los Derechos del Hombre, y de Jacques Vigneron de la Facultad de Ciencias de la Universidad de París, arribaron a La Paz como gesto de solidaridad con Debray.

Los servicios de Inteligencia detuvieron a Masperó, lo sometieron a un intenso interrogatorio,  con la intención de obligarlo a declarar que Debray era un agente de enlace de la política de Fidel Castro en América Latina. Ante la firme negativa del editor, lo amenazaron con implicarlo en un complot contra Bolivia y convertirlo en un coacusado en el proceso que le seguían a Debray. Como mantuvo la misma actitud, fue expulsado de Bolivia el 8 de julio de 1967. Masperó contó que, en los muros de la ciudad de La Paz, observó inscripciones que decían: “Viva Debray”, “Vivan las guerrillas”, “Viva la lucha armada del pueblo”.

A principios de agosto viajaron, desde Londres varios periodistas, entre ellos  Ralph Schoenman, de la Fundación “Bertrand Russell”. quienes  fueron controlados, registradas sus pertenencias e interceptadas sus conversaciones. En cierta ocasión, cuando Ralph Schoenman llamó por teléfono a  Roger M. Lallemand,  fue detenido y sometido a un largo interrogatorio.

En diferentes momentos de nuestras investigaciones, con la eficiente traducción de la compañera Marta Núñez, Consejera Cultural de la embajada cubana en Moscú, entrevistamos a los soviéticos vinculados o conocedores de los acontecimientos guerrilleros en Bolivia y con ayuda de funcionarios cubanos en Francia, Bélgica   y Suecia y del Movimiento por La Paz, entrevistamos a François Masperó en París, Bjorm Kumm   en la ciudad sueca de  Malmo, y Roger M. Lallemand,  en Bruselas.

Con  Masperó nos entrevistamos en un restaurant, Bjorm Kumm en su residencia y Lallemand  en sus oficinas del Parlamento Europeo,  ocasión en que les entregamos nuestro  libro “La CIA contra el Che”  y le informamos que sería traducido al francés y neerlandés por la editorial EPO.

Lallemand tuvo elogios para los periodistas  y corresponsales de guerra en Bolivia   que fueron muy solidarios con él. Le explicamos que sus nombres aparecían en nuestro libro y les mencionamos a Gustavo Sánchez, Enrique Araoz, José Luis Alcázar, Oscar Peña, Carlos Salazar, Humberto Vacaflor y Jorge Canelas y al brasileño Irineo Guimarães, corresponsal de la AFP en Camiri. Lallemand tuvo palabras de agradecimiento para todos ellos.

Pero a Bolivia llegaron muchos otros, entre ellos el editor Giangiacomo Feltrinelli, millonario italiano propietario de la Editorial Feltrinelli, una de las más importantes de su país y de Europa. Ampliamente conocido en los círculos de la alta sociedad italiana, porque su figura aparecía en las principales revistas, donde, como hobby, presentaba las corbatas de moda. El editor  decidió viajar a Bolivia y cuando solicitó al consulado de ese país en Milán la tarjeta de entrada, el cónsul Bruno Vailati comunicó la petición, porque se trataba de una personalidad muy prestigiosa.

La estación de la CIA en La Paz comunicó al Ministerio de Gobierno de Bolivia (Interior) que Feltrinelli era un elemento peligroso, un comunista internacional, un editor de izquierda, simpatizante del Partido Comunista Italiano, de Fidel Castro y del Che Guevara y que en el pasaporte poseía visas de cortesía de los países socialistas. La Agencia afirmó que era un enlace guerrillero, por eso desde que llegó a La Paz, procedente de Lima, el 8 de agosto de 1967, los servicios de Inteligencia  y la estación de la CIA, iniciaron su control.

Se hospedó en la habitación 311 del hotel La Paz, recorrió la ciudad, visitó a algunas personas, se entrevistó con otras, y acudió a una cita secreta con el Coronel boliviano Carlos Vargas Velarde, quien trabajaba en el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas. Vargas Velarde le prometió entregarle  documentos probatorios sobre la intervención de la CIA en Bolivia, donde esta agencia de espionaje pensaba introducir, desde Miami, a varios cubanos para presentarlos ante la opinión pública como guerrilleros del Che, hechos prisioneros por los militares bolivianos, con el propósito de desatar una gran provocación contra la Revolución Cubana.

El Coronel le explicó que dentro de los planes de la CIA estaba la organización de varios grupos integrados por militares, policías, agentes a sus servicios y miembros de la DIC, (Dirección de Investigaciones Criminales) asesorados por contrarrevolucionarios de origen cubano, que tenían como misión cometer actos vandálicos contra la población civil de la zona donde operaba la guerrilla, para atribuirles esos crímenes al Che y sus combatientes, así como  en las ciudades, entre ellos, atacar una iglesia en Cochabamba y regar consignas de los guerrilleros, para que la población los identificara como los responsables directos y presentarlos como enemigos de la religión y de Dios.

Por esos días en Santa Cruz de la Sierra se produjo una explosión de una potente carga de dinamita, que causó serios daños a un motel, donde se encontraban alojados oficia­les de las tropas especiales norteamericanas, conocidas como boinas verdes.

La noticia dijo que los  ventanales  quedaron destruidos y que la carga explosiva fue colocada por un grupo de desconocidos que al retirarse fijaron un letrero donde se leía: “Abajo los yanquis, vivan las guerrillas”.

La información  era poco creíble, porque esa instalación tenía estrictas medidas de seguridad y protegida por los propios norteamericanos, aunque algunos creyeron que fue una acción guerrillera y  otros una auto agresión para culparlos y justificar una gran represión en marcha.

El 18 de agosto a las 17:30 horas se presentaron dos individuos en la habitación que ocupaba Feltrinelli, se identificaron como miembros de la DIC y le pidieron que los acompañara. Él solicitó que le permitieran recoger sus cigarros, circunstancia que aprovechó para indicarle a su amiga Sibilla Melega que se dirigiera de inmediato a la embajada italiana y comunicara lo sucedido. La muchacha visitó a varios periodistas y les informó de la detención.

La policía condujo a Feltrinelli al Ministerio de Gobierno (Interior). Los interrogatorios duraron dos horas aproximadamente, después lo trasladaron para las oficinas centrales de la DIC, y, por último, lo metieron en la cárcel. Mientras  dos policías vestidos de civil detenían a Sibilla Melega en los momentos que regresaba al hotel. La conminaron a subir a la habitación que ocupaba, y en su interior encontró a ocho policías y todas las pertenencias en desorden, porque habían realizado un minucioso registro. Fue conducida a las oficinas de la DIC, para interrogarla. Al día siguiente fue llevada al hotel, pero mantenida bajo estricta vigilancia.

La detención de Feltrinelli se conoció rápidamente en todo el mundo, los principales periódicos trasmitieron la noticia, la cual produjo un gran impacto. Los medios de difusión italianos se hicieron eco de ella y los principales informativos  la destacaron. La televisión anunció que el Presidente italiano se interesó por la suerte del editor y mostró varias fotos de Feltrinelli. El presidente italiano Giuseppe Saragat se comunicó con Barrientos para pedirle que respetara la vida de Feltrinelli.

En horas de la mañana del día 19, se presentó, en las oficinas de la DIC, el embajador italiano en La Paz, Pietro Quirino Tortoricci, para comunicarle a Feltrinelli que el presidente Saragat y el ministro de Relaciones Exteriores, Amintore Fanfani, se interesaron por él y que se acordó con Barrientos que él y su compañera abandonaran el país de forma inmediata.

Al retirarse el representante diplomático, lo visitó un policía disfrazado de periodista, con la intención de entrevistarlo. El 20 de agosto a las 14:00 horas lo introdujeron en un jeep de la DIC, con varios policías vestidos de civil y lo llevaron al hotel, donde lo esperaba Sibilla, con las maletas listas para partir directamente hacia el aeropuerto internacional de La Paz.

El oficial de Inteligencia que los acompañó, les resultó muy sospechoso, porque no tenía las características de los bolivianos y hablaba muy bien el inglés. Antes de abordar el avión, esta persona se acercó a Feltrinelli y le dijo: “Usted debe agradecer a las autoridades de su país que pidieron enérgicamente que fuera sacado de Bolivia. Si hubiera sido por nosotros se quedaría aquí para siempre. Si vuelve aquí no va a salir vivo de este país.” A las tres y media de la tarde de ese día, Feltrinelli y Sibilla viajaron a Lima, para desde allí continuar a Italia.

Tiempo después el Coronel Carlos Vargas Velarde, que se comprometió a entregarle a Feltrinelli documentos probatorios sobre la intervención de la CIA en Bolivia, apareció muerto de un balazo en su despacho del Ministerio de Defensa. El Alto Mando militar informó que se había “suicidado”.

Su muerte provocó una ola de rumores en el sentido de que estaba vinculado a la guerrilla y que por esa razón lo asesinaron. Ante tales comentarios la Institución Armada dio a la publicidad un comunicado de prensa, reproducido por el periódico El Diario, de la ciudad de La Paz, negando que su muerte, obedeciera a posibles enlaces o concomitancia con la acción guerrillera. Añadió que el fallecido jefe militar, por su conducta civil y castrense, había merecido siempre la plena confianza y respeto de sus superiores y camaradas que encontraron en él un pundonoroso y abnegado servidor de esa Institución.

Para el Alto Mando militar resultaba muy difícil admitir que el Coronel Carlos Vargas Velarde estuviera vinculado a la red urbana de apoyo a la guerrilla, y que se propusiera entregar documentos tan comprometedores para el ejército boliviano y sus vinculaciones con la CIA.

Según fuentes de Inteligencia, Vargas Velarde fue descubierto en sus propósitos y asesinado por órdenes de la CIA, pero ambos hechos convenían ocultarlos. El plan de “suicidio” era la justificación menos comprometedora para encubrir el crimen.

El caso del Coronel Carlos Vargas Velarde no era el único que dentro de las esferas militares se oponían a la penetración norteamericana y la injerencia de la CIA en los asuntos internos de Bolivia, donde incluso se llegó a denunciar públicamente que los norteamericano habían convertido al Ministerio de Gobierno en una especie de consulado, donde no solamente controlaban a los pasajeros que entraban por las fronteras aéreas y terrestres, sino las oficinas de correo,  las comunicaciones y los hoteles.

La prepotencia y el desprecio de  funcionarios norteamericanos y agentes de la CIA, hacia los militares bolivianos creaban resentimientos en estos últimos.

El periodista Rubén Vásquez Díaz, en su libro Bolivia a la hora del Che, escribió: “Hay una actitud condescendiente y un mal oculto menosprecio por ambas partes…Hay un sentimiento general antinorteamericano en Bolivia. Entre los oficiales del ejército y los funcionarios del gobierno, esto se expresa de una manera muy hipócrita. Ellos palmean a los norteamericanos en el hombro, les sacan lo que pueden, y dicen muchas gracias, y hablan del gran vecino y de la civilización occidental y del mundo libre, sabiendo muy bien que lo que los norteamericanos dan a Bolivia no es nada comparado con lo que le sacan, y de todas formas lo dan como préstamos y muy pequeños…”

El periodista señaló, que los funcionarios diplomáticos norteamericanos manifestaban públicamente que los militares eran ladrones, vagos, indolentes, en los que no se podía confiar y nacionalistas incurables, que  estaban abusando de la buena voluntad de su país e intrigaban contra todo el mundo, incluso contra Estados Unidos.

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