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Por Leandro Grille

Caras & Caretas – Montevideo

Cuando en febrero de 2016 se filtró el documento del Comando Sur de Estados Unidos conocido como Venezuela Freedom Operation 2, con la rúbrica de su comandante almirante Kurt W. Tidd, en el que se describía toda la fase final de una operación de cambio de régimen al mando del SouthCom, cuyo eje central era la desestabilización del país y la salida anticipada del presidente Nicolás Maduro, no pocos se apuraron a desmentir su veracidad.

Sin embargo, al que se haya tomado el trabajo de estudiarlo con detenimiento y, a la luz de su contenido, haya observado el desarrollo de los acontecimientos, no le queda más alternativa que asumir que el documento o bien es auténtico o bien fue fraguado por un genio de la anticipación geoestratégica y militar, puesto que no hay uno sólo de los pasos de esa presunta hoja de ruta que no se haya verificado en la práctica y hasta el detalle.

Lo segundo, por supuesto, es harto más improbable que lo primero. Sobre todo considerando los antecedentes del Comando Sur y su poderosísima cuarta flota, responsable militar de las operaciones en el Caribe, América Central y América del Sur desde que fue restablecida en 2008 sin dar aviso a los gobiernos de la región de la época, que en su mayoría eran de izquierda y centroizquierda.

Los motivos por los cuales el documento fue negado por el Departamento de Estado de Estados Unidos son evidentes y no tienen nada que ver con su veracidad. Incluso si este hubiese sido un documento apócrifo, la estrategia detallada es la que operó sobre la realidad y eso, que no puede estar en el paroxismo de la casualidad, es a esta altura irrefutable. Sin embargo, allí se explicitan cosas que en ningún contexto político pueden ser reconocidas. Una de ellas es el papel nocivo y conspirativo de la OEA de Luis Almagro, devenido un mero agente bajo el mando del Comando Sur. En un segundo término, el rol operativo de la Mesa de la Unidad Democrática venezolana, cuya línea, desempeño y curso de acción política es decidida por el Pentágono y, en buena medida, financiada por Estados Unidos a través de agencias y contribuciones de fortunas muy influyentes, fundamentalmente vinculadas con la Fundación Nacional Cubano Americana y fulgurantes personajes del Partido Republicano.

En particular, un líder emergente de los republicanos, el joven cubano-americano Marcos Rubio, que intentó competir con Donald Trump para la candidatura a la presidencia, sin éxito, pero revalidó por avalancha su presencia en el Senado y se ha transformado en uno de los políticos más importantes de la Florida y un poderoso actor de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos.

Marcos Rubio quiere se presidente. Tiene tan solo 45 años y juega todas sus fichas a tirar el gobierno de Venezuela. Prácticamente todo su accionar político actual se concentra en dirigir a la oposición venezolana, con la que se reúne permanentemente y para la que consigue financiamiento. Con su prerrogativa de veto como senador miembro la Comisión de Relaciones Exteriores, logró trabar durante casi un año la designación de Roberta Jacobson como embajadora estadounidense en México durante la administración Obama y puso como precio para acceder a un cambio de postura que se extendieran las sanciones a los funcionarios del gobierno venezolano, que se habían decidido en 2014 hasta 2016, por tres años más, hasta 2019.

Obama aceptó la condición, a la que al principio se había mostrado renuente, y sólo así pudo completar el proceso de designación en abril de 2016. Previamente, mediante orden ejecutiva, Obama había declarado que Venezuela representaba un peligro extraordinario para la seguridad nacional de Estados Unidos, lo que constituyó el marco legal necesario para imponer sanciones y desplegar un amplio menú de operaciones encubiertas, acciones militares explícitas y financiamiento oficial y reservado a las actividades de la oposición. Solamente la NED y la Usaid transfirieron más de siete millones de dólares en 2016 a programas destinados a fortalecer a la oposición venezolana y fuentes demócratas refieren a montos de más de 20 millones de dólares para el año en curso. Se presume que los viajes de algunos de los líderes de la fracción más violenta de la oposición, como Lilian Tintori, Julio Borges, o María Corina Machado, para reunirse con Rubio o incluso con el presidente Trump, suponen “costos” de más de 70.000 dólares en cada oportunidad, financiado con dinero que aportan “influyentes” personajes como Jorge Más Santos, actual presidente de la Fundación Nacional Cubano Americana, cuya fortuna personal se valúa en 700 millones de dólares.

El senador Rubio se ha reunido en varias oportunidades con el secretario general de la OEA, Luis Almagro, con el propósito confeso de discutir la situación venezolana. Nadie sabe que Almagro se reúna con senadores uruguayos o argentinos o brasileños para acordar su estrategia con un tercer país, en este caso Venezuela. Pero con Marcos Rubio se ha reunido en varias oportunidades y siempre por la misma causa. De varias de esas reuniones existe registro gráfico.

Marcos Rubio es un senador considerado cercano a la ultraderecha del Tea Party, aunque Donald Trump los corrió tan por derecha a todos que muchos ahora lo consideran un moderado. Pero antes del advenimiento de Trump, Rubio era lo más reaccionario entre lo reaccionario. Contrario a la despenalización del aborto, al matrimonio igualitario o a cualquier política de índole progresista del gobierno demócrata, afirma que la ley de Dios está por encima de la legalidad de los hombres y se opone a cualquier gesto de apertura con Cuba.

Sus posiciones tan extremistas han hecho que no se anime a concurrir a los foros comunitarios o town halls, donde los representantes tienen que rendir cuentas a sus propios votantes, porque los considera espacio de activismo liberal, ya que los propios votantes republicanos lo persiguen por la decisión de Trump de desmantelar la política de salud conocida como Obamacare, sin proponer nada alternativo y dejando a millones de personas, entre ellos muchos latinos, sin asistencia médica. Son tales las protestas de sus propios votantes que en dos oportunidades este año debió mudarse de oficina porque los propietarios de los edificios donde las tenía, primero en Tampa Bay y luego en Jacksonville, decidieron rescindir el contrato por las constantes protestas populares frente a su despacho.

La mecánica de los acontecimientos en Venezuela señala la enorme responsabilidad del Comando Sur, pero también la increíble ambición de Marcos Rubio, que fue el responsable de chantajear por la prensa a varios países latinoamericanos, entre ellos Honduras, República Dominicana y El Salvador, amenazándolos con eliminar la asistencia económica si no se plegaban a las propuestas de Almagro en la OEA.

Esta semana, el martes 6 de junio, tal como lo había previsto el documento Venezuela Freedom Operation 2, comenzó el entrenamiento militar frente a las costas de Venezuela y el despliegue en las bases estadounidenses en “Arauca, Larandia, Tres Esquinas, Puerto Leguízamo, Florencia y Leticia (Colombia)” y en “las islas antillanas de Aruba (Reina Beatriz) y Curazao (Hato Rey)” de las fuerzas de operaciones necesarias para intervenir en Venezuela ni bien las circunstancias políticas lo permitan. Participa Estados Unidos, pero concurren también más de una decena de países caribeños y latinoamericanos, además de Canadá y varios países europeos, como Reino Unido y Francia. Todo se desarrolla en dos etapas, la primera en las aguas territoriales de Barbados y la segunda en el mar territorial de Trinidad y Tobago, nunca a más de 600 kilómetros de la costa venezolana.

Así las cosas, un ambicioso político republicano está construyendo su liderazgo sobre la base de destruir la Revolución Bolivariana, la comunidad latina más reaccionaria e influyente está financiando una tenaza política, económica y social, y el Pentágono, a través del Comando Sur, está preparando una intervención “humanitaria” mientras algunos “desnorteados” o demasiado “norteados”, incluso dentro de la izquierda, firman solicitadas y elevan su voz para denunciar al gobierno venezolano, sin reparar en la brutal operación de cambio de régimen que está en marcha, financiada por la mafia, motorizada por los sectores políticos más conservadores de Estados Unidos, propagandeada por los medios de comunicación más importantes del mundo y bajo el comando manifiesto del aparato militar más poderoso de la historia de la humanidad.

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