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foto: María Calvo

por Guillermo Alvarado

El azar hizo nacer el mismo día, aunque separados por 83 años y miles de kilómetros de distancia, a Antonio Maceo, el Titan de Bronce, y al Guerrillero Heroico, Ernesto Guevara de la Cerna, y su conducta ante la vida, sus principios y la decisión de llevarlos hasta las últimas consecuencias les hizo a ambos un lugar en la historia, desde donde hoy día resultan imprescindibles para toda esta América nuestra.

Un 14 de junio de 1845 vio llegar al mundo a Antonio Maceo en Santiago de Cuba en un hogar humilde pero rico en ideales, hijo, como se ha dicho, de león y de leona, no podía sino consagrar su vida a la causa de la independencia de su patria, por la que derramó su sangre desde el oriente hasta el occidente de esta isla.

Muchas son las lecciones que dejó este héroe para las posteriores generaciones, pero hay una que destaca en estos momentos en que nuestra región sufre un embate sin precedentes de las fuerzas de la derecha, con todo su poderío económico, mediático, político y de violencia, que podría generar incertidumbre y vacilaciones de no estar las ideas y los principios bien fundamentados.

Nace esta lección de la Protesta de Baraguá, cuando en 1878 Maceo y un grupo de patriotas se negaron a aceptar el convenio conocido como Pacto de Zanjón, firmado por algunos sectores insurrectos y la metrópoli española, y anunciaron a los colonialistas que la guerra continuaría hasta lograr la independencia.

Ese día Maceo nos enseñó que no existe paz sin libertad, que cualquier pacto sin soberanía absoluta es un espejismo que se desbarata en cualquier momento.

Maceo murió sin alcanzar la paz, es decir, la libertad, pero sin su ejemplo, como el de sus hermanos y su padre muertos también en combate, ésta no habría sido posible, aunque hubo de esperarse hasta el 1 de enero de 1959 para consolidarla.

Otro 14 de junio, 83 años más tarde, en 1928, nació en Rosario, Argentina, Ernesto Guevara, conocido en todo el mundo como el “Che” Guevara, y entre los revolucionarios como el Guerrillero Heroico, quien llevó la lucha por el hombre y el mundo nuevo por tierras de América y África y nos demostró con su vida y su muerte que en el imperialismo no se puede confiar “ni un tantito así”.

Su joven periplo por sudamérica y la amarga experiencia en Guatemala, donde en 1954 fue traicionada la primavera, le hicieron comprender que la verdadera pobreza no radica en la falta cosas, sino en la ausencia de esperanzas y dedicó sus esfuerzos a sembrar la pasión por una humanidad mejor.

Che unió su destino a Cuba de manera indisoluble cuando decidió incorporarse a la expedición del Granma, fue el primero de los combatientes en ser ascendido por Fidel Castro a Comandante del Ejército Rebelde y, como Antonio Maceo, trasladó desde el oriente hasta el occidente del archipiélago la batalla por la libertad.

Otros pueblos reclamaron lo que él definió como su modesto aporte y sin dudarlo partió hacia tierras aún por redimir y nos demostró que el mundo es ancho, pero no ajeno, porque donde quiera que haya una injusticia, allí debe estar el revolucionario.

Nunca como hoy los ejemplos y las ideas de Maceo y Che son imprescindibles para enfrentar y vencer la ofensiva conservadora y de derecha contra nuestros pueblos, para sembrar la esperanza y conquistar definitivamente la paz con libertad.

Editado por Maria Calvo
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