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Dar la pelea con las manos atadas, en defensa del continente

Por Carlos Medina Viglielm

Por el filo de la navaja caminan el presidente Nicolás Maduro y su equipo de gobierno, enfrentados a una guerra que, de parte de sus enemigos (los enemigos de todos los pueblos del continente), quiere ser total. Una tarea por demás agotadora para llegar al final del día y hacer el recuento de los daños sufridos, y las vidas perdidas.

Siguiendo las mismas directivas, tácticas y objetivos que en ocasión del golpe contra el presidente Hugo Chávez, la derecha venezolana, dirigida desde los Estados Unidos de América y apoyada en primer término por la derecha española y luego por las derechas del continente, ha organizado durante meses el vandalismo en la capital y en diversas ciudades del país, con el fin de hacer estallar una guerra civil para que ingrese a Venezuela una fuerza multinacional, la OTAN, o los propios soldados norteamericanos acampados del otro lado de la frontera en territorio colombiano.

El 27 de febrero de 1989 la paciencia del pueblo venezolano oprimido se terminó y estalló el “Caracazo”, para terminar 9 días después con un saldo, según las cifras oficiales de entonces, de 276 muertos y numerosos heridos. Pero, algunos reportes extraoficiales hablaron de más de 300 personas fallecidas y 3000 desaparecidas.

La masacre ocurrió cuando fuerzas de seguridad de la Policía Metropolitana, las Fuerzas Armadas y la Guardia Nacional, cumpliendo las órdenes emitidas por el presidente  Carlos Andrés Pérez, salieron a las calles a reprimir las manifestaciones.

La masacre ha sido históricamente el método usado por las oligarquías en respuesta a las protestas populares.

Sin olvidarnos para nada de las masacres llevadas adelante por siglos a lo largo y ancho del continente por parte de los ejércitos de la conquista español y portugués (y con los mismos motivos), recordemos solo algunas ocurridas en el siglo XX.

El 10 de diciembre de 1907 estalló la huelga en las salitreras del norte de Chile. Un gran número de huelguistas se alojó en la Escuela Santa María de Iquique. El 21 de diciembre, al negarse los obreros a desalojar el lugar en donde permanecían desde hacía una semana, el general Roberto Silva Renard ordenó a sus tropas hacer fuego en contra de la multitud. Según testigos, más de 200 cadáveres quedaron tendidos en la Plaza Montt y entre 200 y 400 heridos fueron trasladados a hospitales, de los cuales más de noventa murieron esa misma noche.

En Buenos Aires entre el 7 y el 14 de enero de 1919 se produjo “la semana trágica”. Una huelga de obreros metalúrgicos fue  salvajemente reprimida por la policía y grupos de extrema derecha. Saldo: 700 muertos y 4000 heridos.

En la Patagonia (Argentina) entre 1921 y 1922 el Ejército Argentino impuso la “la pena de fusilamiento” contra los peones y obreros patagónicos que estaban en huelga. Perseguirá a los huelguistas, los irá atrapando y fusilando sumariamente.

También en Argentina en 1921 se produjo la huelga en La Forestal, que terminó con el asesinato de unos 600 trabajadores a manos del grupo parapolicial Liga Patriótica y fuerzas policiales privadas de la empresa, autorizadas por el gobierno radical de la provincia.

Tras el golpe de Estado encabezado por el general Augusto Pinochet contra el presidente Salvador Allende se produjo una masacre con un saldo estimado de 30 mil muertos y desaparecidos. El golpe fue dirigido, como en otras tantas ocasiones, por el gobierno de los Estados Unidos de América.

Similar cifra en muertos y desaparecidos produjo el golpe de Estado de 1976 en Argentina bajo el mando del general Jorge Rafael Videla.

En El Salvador, entre el 9 y el 13 de diciembre de 1981 el batallón Atlacatl al mando del coronel Domingo Monterrosa, masacró cerca de mil pobladores de siete caseríos del departamento de Morazán. Casi la mitad de las víctimas eran menores de edad. El hecho es recordado como “las matanzas del Mozote”.

A todas estas masacres hay que agregarle la “masacre por goteo” que se registran hoy, a la hora en que se lee esta nota, en Colombia, México, Honduras, Brasil etc.etc.

En el fondo, el motivo único de estas masacres es el de impedir que se cambie el destinatario de la distribución de los recursos, de las riquezas: los que heredaron el poder colonial, los que heredaron las tierras, los banqueros, los dueños de la gran industria y todos sus sirvientes, políticos o leguleyos  tienen la propiedad y matan para que eso no cambie. Las guerras contra todos los ismos se reducen a eso.

El gobierno de Nicolás Maduro no utiliza la violencia de que puede en el instante disponer primero porque no es un gobierno oligarca. Esos que cometen destrozos en las calles y plazas, esos que incendian vehículos del transporte colectivo, depósitos de comestible o policlínicas, son solo los braceros. Los autores intelectuales del vandalismo están a buen resguardo.

Claro que los delitos cometidos por los “manifestantes pacíficos” venezolanos serían violentamente reprimidos en los EUA, Francia, Alemania y muchísimos países. En España hoy bajo el gobierno neo franquista de Mariano Rajoy, los “manifestantes pacíficos” venezolanos, tan alabados por los franquistas (y no solo ellos), serían condenados a largas penas de cárcel bajo el rótulo de “terroristas”, por mucho menos de lo que hacen en su país.

¿Por qué entonces el gobierno de Nicolás Maduro no ejerce, simplemente, sus derechos en cuanto al mantenimiento del orden y reprime a los terroristas? Porque eso es lo que la derecha, la derecha venezolana, la derecha española y la derecha latinoamericana, pero en particular los Estados Unidos de América que las dirige, espera que haga.

Así que Nicolás aguanta los palos en la espalda que mientras aguante, los yanquis no se lanzan a la carrera por todo el continente. Maduro hoy es el muro.

Latinoamérica, los hombres y mujeres honrados del continente tienen que decidirse, tienen que salir a la calle y gritar, tienen que optar, entre apoyar a Venezuela o someterse al Imperio. No hay tiempo para pensarlo.

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