Etiquetas

, , ,

por Jesús Arboleya*

La reunión de Donald Trump con Vladimir Putin provocó un terremoto político en Estados Unidos. No obstante, el presidente norteamericano decidió echar más leña al fuego, al anunciar que Putin sería invitado a Washington, con vista a continuar con unas conversaciones que, hasta ahora, nadie sabe a ciencia cierta de su contenido.

Según el New York Times, Trump rompió con todos los estándares de comportamiento de un presidente en el extranjero, algunos lo acusan de traición y otros activan la posibilidad de un impeachment. Ni siquiera la prensa de la derecha o sus correligionarios del partido republicano apoyaron su gestión en Helsinki.

La matriz de opinión que ha generado esta histeria antirusa, es la supuesta intervención del gobierno de Putin en las últimas elecciones norteamericanas. No deja de resultar paradójica tal reacción, en un país que se siente con derecho para intervenir en las elecciones en todas partes y lo hace con frecuencia.

Sin embargo, el conflicto es mucho más profundo. Aun superadas las razones que dieron origen a la guerra fría, Rusia continúa siendo considerada uno de los principales enemigos de Estados Unidos y el rechazo a ese país domina el debate político estadounidense.

Consultado sobre las causas de este fenómeno, un amigo, que tiene la rara virtud de aportar elementos originales a  problemas bastante manidos, me dijo que esto se debía a la no superación de estereotipos que se asientan en la conciencia social y superviven a través de la cultura. Igual que en Cuba muchos aún identifican a Rusia como la hermana soviética, en Estados Unidos sigue siendo el “imperio comunista”, con las implicaciones diabólicas que esto conlleva.

Claro está, existen factores objetivos que alimentan este estereotipo. Aunque Estados Unidos siempre ha tenido muchos “enemigos” y los sigue teniendo, durante décadas Rusia fue vista como el villano por excelencia y esto sirvió como un recurso para la movilización social para justificar los enormes gastos militares y la intervención norteamericana en el extranjero. Demócratas y republicanos, conservadores y liberales, actúan a partir de esta premisa.

A esto se agrega que Rusia continúa siendo la segunda potencia militar del mundo, domina un inmenso territorio con enormes recursos, tanto humanos como materiales, y una eventual alianza con China y otros países, plantea un problema geopolítico estratégico para la hegemonía global de Estados Unidos, especialmente en áreas tan sensibles como Asia y el Medio Oriente.

Bajo la dirección de Vladimir Putin, Rusia ha sido capaz de sobreponerse a la crisis que implicó la debacle soviética, enfrentar los intentos de aislamiento y las sanciones impulsadas por Estados Unidos y sus aliados europeos, recuperar el orgullo patrio y defender con éxito sus intereses en diversos escenarios internacionales. En resumen, ha restablecido su lugar en el balance político mundial, lo que Estados Unidos concibe como una amenaza.

Mirado desde otro punto de vista, Rusia constituye un gigantesco mercado. Ello despierta el interés de grandes empresas multinacionales norteamericanas, las cuales no han dejado de negociar con los rusos a pesar de las políticas gubernamentales. Parece que Donald Trump forma parte de esta tendencia, lo viene haciendo desde el período soviético y no debemos olvidar que su primer secretario de Estado, Rex Tillerson, incluso recibió la Medalla de la Amistad, por la promoción de las inversiones de Exxon Mobil en ese país. Al parecer, estos son los intereses que se mueven detrás del no tan inexplicable “encanto” de Trump por Putin y su decidida política de buscar un acomodo con los rusos.

Incluso en términos políticos, su argumento a favor de esta política no deja de tener cierta validez, desde el punto de vista de los intereses de Estados Unidos. En 2015, respondiendo a una pregunta de una supuesta espía rusa, cuya identidad fue destapada de manera nada casual por el FBI en medio de sus conversaciones con Putin, Trump decía que el “incompetente liderazgo” estadounidense estaba conduciendo a Rusia, “con sus grandes negocios petroleros”, a manos de China. No deja de tener razón, aunque sus propias políticas han enajenado incluso a sus aliados europeos, así como han estimulado inusuales alianzas para enfrentarlas.

La verdadera incógnita es cuales son los sectores de poder que hoy dominan la vida política norteamericana. Estamos acostumbrados a pensar que Estados Unidos está regido por un bloque monolítico de intereses económicos que determinan la conducta de los gobiernos, pero eso nunca ha sido así. Hasta Franklyn Delano Roosevelt, en pleno apogeo de su popularidad, tuvo que enfrentar la oposición de grupos muy poderosos, los cuales a partir de su muerte lograron revertir sus políticas.

En la actualidad estas contradicciones se han agudizado hasta un punto que ponen en entredicho la gobernabilidad de Estados Unidos. Nadie sabe a ciencia cierta lo que va a ocurrir mañana y Donald Trump, por sí mismo, incorpora mayor incertidumbre a este escenario. Si estuviéramos hablando de otro país, estaríamos diciendo que se trata de un “Estado fallido”.

Hace unos días escuché al periodista cubano Sergio Alejandro Gómez definir la política de Donald Trump como una gran burbuja especulativa, que el presidente alimenta con todo tipo de presiones.  El tema migratorio, las políticas proteccionistas, sus poses chovinistas y populistas, las críticas a la clase política norteamericana, sus desafueros diplomáticos y su discurso supremacista blanco, están encaminados a satisfacer la manera de pensar de su base política.

Hasta ahora, a pesar de excesos que escandalizan al resto del mundo, tal práctica le ha funcionado con estos segmentos ultraconservadores de la sociedad estadounidense. Sin embargo, el caso de Rusia no se explica a partir de esta lógica y obliga a pensar en la veracidad de las acusaciones respecto a oscuros contactos del presidente con los rusos.

Quizá por aquí tienda a desinflarse la burbuja. El problema radica en cómo Donald Trump tratará de tapar el hueco.

Más de un presidente norteamericano ha encontrado en la guerra la manera de resolver sus problemas domésticos y Donald Trump ha pensado en Venezuela, comparándola con Granada y Panamá. Los recientes resultados electorales en Colombia, la articulación de un bloque derechista alrededor de la Alianza para el Pacífico, los intentos de convertir a la OEA en una sombrilla para la intervención en Venezuela y el papel de la ultraderecha cubanoamericana en la política estadounidense hacia América Latina acercan esta posibilidad.

Con estos truenos, el fantasma soviético no debiera ser la mayor preocupación de los norteamericanos.  Otros diablos, más corpóreos, son los que andan rondando.

*Investigador cubano, especialista en relaciones Cuba-EEUU. Doctor en Ciencias Históricas con una decena de libros publicados.