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por Carlos Medina Viglielm
El día 17 de julio pasado se realizó una reunión de cancilleres del continente convocada, por el Canciller norteamericano Antony Blinken. La pomposamente denominada “Reunión Ministerial de Asuntos Exteriores de la Alianza para la Prosperidad Económica en las Américas, era supuestamente motivada para hacer realidad el potencial del hemisferio de fomentar una prosperidad inclusiva, sostenible y compartida para todos».
Señalábamos entonces, que la reunión había sido organizada “casualmente” a pocos días de las elecciones en Venezuela. En dicha reunión participaron 11 países además de EE.UU., Barbados, Canadá, Chile, Costa Rica, Colombia, República Dominicana, Ecuador, México, Panamá, Perú y Uruguay.
El 23 de julio pasado el canciller de Uruguay Omar Paganini, que asistió a la reunión convocada por Blinken, sostuvo entonces que el gobierno, “está muy preocupado por las elecciones en Venezuela” subrayando que “este es el momento de defender la democracia del país”.
El día 28 de julio se realizaron las elecciones en Venezuela en una jornada, con excepción de pequeños inconvenientes en la apertura de los circuitos (6 am Caracas), totalmente en calma.
Inmediatamente conocido el resultado se puso en práctica lo que (visto ahora en perspectiva), es la reacción por parte de la derecha no solo venezolana sino continental para revertir el resultado en las urnas. En primera línea la proscrita María Corina Machado, archi conocida por su prédica golpista, que llegó al extremo de pedirle al gobierno de los EUA que invadiera Venezuela para sacar a Maduro. Detrás de esta temible “señora”, Edmundo González Urrutia, un veterano agente de la CIA con un frondoso prontuario de crímenes a la espalda.
A las 2 de la mañana de Uruguay del día 29 de julio (1 de la madrugada en Venezuela), el presidente de Uruguay Luis Lacalle Pou con gran adelanto, anunció en X que en Venezuela se había realizado un fraude. Hoy detrás de los EUA (principales organizadores del golpe contra la República Bolivariana), se colocan Perú (con la golpista Boluarte), la Argentina de Javier Milei y Uruguay.
El golpe en curso, está un poco más elaborado que el golpe contra Evo Morales. En esta ocasión se sumaron, además de la OEA con su secretario Luis Almagro promovido por el otrora guerrillero Pepe Mujica, varios gobiernos y los llamados “grandes medios” que, a partir del cierre de las mesas de votación, lanzaron a los cuatro vientos, (y lo mantienen), el fabuloso bulo del fraude.
A Evo Morales lo tumbó la OEA, para poner al mando a la golpista Jeanine Áñez. Tal vez el golpe contra la República Bolivariana haya sido un poco más elaborado pero hay un factor con el que no contaron. Henry Kissinger organizó exitosamente el golpe contra Salvador Allende en 1973. El golpe se repitió en Bolivia en el 2019 (y en otros países del continente). Ni Salvador Allende ni Evo morales contaron con el respaldo de las Fuerzas Armadas. Allende y Morales desconocieron los objetivos, la principal misión de dichas fuerzas que no fueron sino, cumplir las órdenes de sus jefes en el Pentágono, defender la administración capitalista a sangre y fuego. Ahí está la diferencia. La administración bolivariana sigue en pie. Pero no se debe comparar al Evo Morales con Maduro. La diferencia está en que el Hugo Chávez, le hizo entender a las Fuerzas Armadas de dónde venían y a lo que tenían que defender: el pueblo y su proyecto de administración de la sociedad. Chávez vive y la lucha, sigue.